1. Todo comenzó con un beso 11


    Fecha: 02/06/2026, Categorías: Incesto Autor: Mandarina, Fuente: TodoRelatos

    El sol apenas empezaba a colarse por las ventanas cuando me levanté, arrastrando el cuerpo desde la cama como quien salió de una guerra. Tenía la entrepierna hecha mierda. Cada paso dolía rico. Me ardían las piernas, me latían los muslos y tenía marcas en la piel de donde Sebastián me agarró con fuerza. Y aún así… sonreía. Porque cada dolor era un recordatorio perfecto de que la noche anterior me la había cogido como si quisiera dejarme paralítica.
    
    Caminé hasta la cocina en shorts y una camiseta floja, sin brasier, con el cabello todavía enredado. No necesitaba verme bien. No esta mañana. Esta mañana venía cargada de gloria.
    
    Y justo al girar hacia la cocina, ahí estaba.
    
    Elisa.
    
    Haciendo yoga.
    
    En medio del comedor, como si el lugar fuera su gimnasio privado. Tenía un topsito deportivo color coral, de esos que levantan las tetas sin parecer que lo intentan. Shorts pegaditos, piernas largas, el cabello en una coleta perfecta, ni un pelito fuera de lugar. En pose de perro boca abajo, con el culo apuntando hacia la puerta, como si no supiera que cualquiera que entrara iba a tener la mejor vista de su día.
    
    A su lado, sentada en una banquita baja, estaba Carla, tomando café como si no estuviera viendo a una pornstar hacer estiramientos en vivo.
    
    —¿Y? —preguntó Carla, mirando el celular—. ¿Qué tal dormiste?
    
    Elisa se reincorporó, con un suspiro exagerado, y se limpió el sudor (inexistente) de la frente con la toalla.
    
    —Pfff, como se pudo —dijo con tono de ...
    ... broma—. Con los gemidos de anoche, parecía que estaban filmando porno en el cuarto de al lado.
    
    Yo me congelé. Agua en mano. Parada.
    
    Ah.
    
    ¿Así querías jugar?
    
    Perfecto.
    
    No dije nada al principio. Solo me serví el vaso con calma. Sentía cómo ambas me miraban desde la barra. Pero no me apuré. Me tomé mi tiempo. Di un sorbo largo. Y luego giré con la sonrisa más dulce que tenía guardada.
    
    —Sí… perdón por eso —dije—. Es que Sebastián estaba... intenso.
    
    Vi cómo Elisa trataba de mantener la sonrisa. Pero hubo algo. Algo mínimo. Una micro expresión. Un segundo de incomodidad. Una tensión en la mandíbula. Un parpadeo rápido. Un movimiento de los dedos como si no supiera qué hacer con las manos.
    
    Lo vi. Lo vi todo.
    
    Y en mi cabeza grité: ¡Lo sabía! ¡Lo sabía, perra!
    
    Esa cabrona sí se sintió incómoda. ¡Claro que sí! No fue casualidad. No fue chiste inocente. Quería provocarme. Ver si yo me ponía nerviosa, si desviaba la mirada, si decía “ay, no fue para tanto”. Pero no, chula. Te topaste con la equivocada.
    
    —Me duele todo —añadí, estirando un poco la espalda, como quien se queja del ejercicio—. Él solito se encargó de dejarme sin poder sentarme bien hoy.
    
    Carla soltó una risa suave. Elisa… tragó saliva.
    
    Puta, eso fue oro.
    
    —Pero me encanta —seguí, con una dulzura tan falsa que daba gusto—. Me encanta que sea así de apasionado. Tan animalito. No sé cómo pude vivir tanto tiempo sin esto. ¿Verdad que uno se acostumbra rápido?
    
    Ella asintió. Pero no dijo ...
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