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Una semana Como perra
Fecha: 02/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: todoPet, Fuente: TodoRelatos
Soy Elena, tengo 54 años. Mi cuerpo no es el de una modelo, ni lo pretende. Mis pechos son grandes, algo caídos por el paso del tiempo, con areolas oscuras que se marcan bajo cualquier tela fina. Mi cintura se ha ensanchado con los años, mis caderas son anchas, mis muslos fuertes, con estrías que recorren mi piel como recuerdos de una vida vivida. Mi cabello, castaño oscuro con hebras grises que no me molesto en teñir, cae justo por encima de los hombros. Tengo arrugas alrededor de los ojos y la boca, marcas de risas y llantos, de años de experiencia. No soy perfecta, pero hay algo en mí, una mezcla de vulnerabilidad y fuerza, que atrae a quienes saben mirar. Mis ojos oscuros, grandes, siempre han sido mi arma secreta, aunque durante estos días apenas los alcé del suelo. Llevo más de veinte años en el mundo del BDSM. Empecé a los 32, cuando un novio me vendó los ojos y me ató las muñecas con una bufanda. Fue una revelación. La sensación de estar a merced de alguien, de perder el control, me encendió de una forma que no podía explicar. Desde entonces, he explorado de todo: cuerdas que mordían mi piel, látigos que dejaban marcas rojas, dominantes que me guiaban con mano firme o suave, según el día. Hace quince años, descubrí el pet play. Ser una perra, gatear, obedecer, ser tratada como un animal, me conectó con una parte de mí que no sabía que existía. La humillación de estar en el suelo, de ser menos que humana, me hacía sentir libre, viva, expuesta. He tenido varios ...
... amos y amas, algunos pasajeros, otros que dejaron huella. Pero desde hace cinco años estoy con Laura y Miguel, una pareja que sabe llevarme al límite. Laura, de 40 años, es menuda, con una voz tranquila pero afilada como un cuchillo. Sus ojos verdes parecen atravesarte, y sabe exactamente cómo hacerte sentir pequeña con una sola palabra. Miguel, de 45, es más callado, pero su presencia es imponente. Su mirada, oscura y penetrante, es suficiente para ponerme de rodillas. Juntos, son implacables, una combinación perfecta de control y crueldad que me hace temblar de anticipación. Mis sesiones como perra siempre habían sido cortas. Un fin de semana, a lo sumo un puente de cuatro días. Gateaba por sus suelos de madera, comía de un cuenco, dormía en una manta en el suelo. Esos momentos eran intensos, pero breves, como un paréntesis en mi vida normal. Volvía a ser Elena, la mujer que trabaja en una oficina, que toma café con amigas, que paga facturas. Pero esta vez, Laura y Miguel quisieron más. Me propusieron pasar nueve días seguidos como su perra, sin pausas, sin romper el rol. “Será un desafío, Elena. Pero sabemos que puedes ser una buena perra para nosotros”, dijo Laura, con esa sonrisa que mezcla dulzura y crueldad. Acepté, aunque el miedo me apretaba el pecho. Nunca había estado tanto tiempo en el rol. Los fines de semana eran manejables; podía sumergirme y salir sin demasiada dificultad. Pero nueve días… ¿Podría soportarlo? ¿Podría mantener la cabeza en ese espacio sin ...