1. Una semana Como perra


    Fecha: 02/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: todoPet, Fuente: TodoRelatos

    ... sonido de mi propia respiración y el lejano ladrido de Max, su pastor alemán. Max era libre, dormía en el sofá del salón, corría por la casa, comía en la cocina. Yo, en cambio, estaba encerrada, con el cuerpo encogido en la manta, tratando de encontrar una posición cómoda en el espacio reducido. El frío del metal se colaba a través de la manta, y mis músculos empezaban a protestar por la postura forzada. Intenté dormir, pero el collar me apretaba, un recordatorio constante de mi situación. Mis pechos rozaban la manta, y cada movimiento hacía que la placa de “Perra” tintineara ligeramente. Pensé en Max, en cómo Laura lo acariciaba, en cómo Miguel le hablaba con un tono que nunca usaban conmigo. Sentí una punzada de celos, de humillación, pero también una chispa de excitación que no podía ignorar. Mi cuerpo, siempre traicionero, respondía a la degradación de una forma que me avergonzaba y me fascinaba al mismo tiempo. ¿Cómo podía estar aquí, haciendo esto? Pero esa pregunta se desvanecía cada vez que recordaba la mirada de Laura, el peso de la voz de Miguel. Ellos me habían elegido para esto, y yo había aceptado.
    
    El tiempo se volvió borroso. No tenía reloj, ni cuaderno, ni forma de contar los días. Todo se mezclaba en una rutina de frío, órdenes y humillación. Creo que fue al día siguiente cuando Laura vino a sacarme por primera vez. Abrió la jaula y enganchó una correa al collar. “Vamos, perra, hora de salir”. Gateé detrás de ella, con las rodillas rozando el suelo frío ...
    ... del garaje. El movimiento era incómodo, mis pechos se balanceaban pesadamente, y sentía cada centímetro de mi cuerpo expuesto bajo su mirada. Me llevó al patio trasero, a un rincón detrás de unos arbustos donde la tierra estaba húmeda. “Haz tus necesidades”, dijo, con voz seca, como si estuviera hablando con un animal de verdad. Me puse en cuclillas, sintiendo la tierra bajo mis pies, la correa tensa en su mano. La vergüenza me quemaba la cara, un calor que subía desde el pecho hasta las mejillas. Nunca me había acostumbrado del todo a esto, a la exposición, a la pérdida total de dignidad. Pero obedecí, porque eso era lo que las perras hacen. “Buena perra”, dijo Laura, pero su tono era despectivo, como si mi esfuerzo no valiera nada. Luego me dio un paseo corto por el jardín, siempre gateando. Mis caderas se movían torpemente, mis rodillas se resentían con cada paso. Si me retrasaba, tiraba de la correa con fuerza, haciéndome tropezar. “Más rápido, perra vaga”, gruñó, y yo aceleré, con el corazón latiendo fuerte y el sudor empezando a formarse en mi nuca.
    
    La comida fue otro ritual que me hundía más en el rol. Me dieron un cuenco con sobras: arroz mezclado con trozos de carne, verduras aplastadas, todo frío y pegajoso. Lo dejaron en el suelo, junto a la jaula. “Come”, dijo Miguel, que había aparecido en el garaje con una cerveza en la mano. Intenté ser cuidadosa, lamer con delicadeza para no ensuciarme demasiado, pero Laura no lo permitió. Me empujó la cabeza hacia el cuenco ...
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