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Una semana Como perra
Fecha: 02/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: todoPet, Fuente: TodoRelatos
... con un movimiento firme. “Las perras no comen como personas. Usa la boca”. Sentí el arroz pegándose a mis mejillas, la salsa goteando por mi barbilla hasta mi cuello. Mis pechos rozaban el suelo mientras comía, y la humillación me hacía arder por dentro. No era solo el acto de comer así, sino la forma en que me miraban, como si fuera un espectáculo, un animal que debían corregir. Cuando terminé, Miguel me limpió con una toalla húmeda, pasándola por mi cara y mi pecho con movimientos bruscos. “Mira qué desastre eres”, dijo, y yo bajé la mirada, sintiendo mi sexo húmedo a pesar de la vergüenza. Esa contradicción era lo peor: mi cuerpo respondía, se excitaba, mientras mi mente luchaba contra la degradación. Max, su pastor alemán, era una presencia constante, un recordatorio de mi lugar. Lo veía moverse libremente por la casa, olfateando el aire, durmiendo en el sofá, mientras yo estaba encerrada en la jaula. Una vez, Laura lo llamó al garaje y le rascó la cabeza delante de mí. “Mira qué bueno es Max. Él sí sabe comportarse”. Sus palabras eran un cuchillo, cortando cualquier resto de orgullo que me quedara. Yo, desnuda, enjaulada, era menos que el perro. Intenté no mirarla, pero ella se acercó a los barrotes. “¿Qué pasa, perra? ¿Estás celosa de Max? Él tiene más derechos que tú”. Sentí una punzada de rabia, de humillación, pero también de excitación. Mi cuerpo, otra vez, me traicionaba, respondiendo a cada palabra suya. En otro momento, dejaron que Max oliera mi cuenco antes ...
... de dármelo. “Primero Max, luego tú”, dijo Miguel, acariciando al perro mientras me miraba con una sonrisa burlona. Comí lo que dejaron, con el sabor de la comida mezclado con la humillación. “Max es mejor perra que tú”, añadió Laura, y yo sentí las mejillas ardiendo, el collar apretando más fuerte. La humillación no se limitaba a los momentos con Max. Una vez, trajeron a un amigo, Carlos, sin avisarme. Me sacaron de la jaula y me hicieron gatear delante de él en el salón. Carlos, un hombre de unos 50 años con barba recortada, me miró con una mezcla de curiosidad y burla. “Así que esta es tu perra”, dijo, y los dos se rieron. Laura me ordenó sentarme y dar la pata, como si fuera un truco de circo. Lo hice, con las manos temblando, sintiendo mis pechos balanceándose mientras levantaba una mano. “No está mal, pero parece cansada. ¿Cuántos años tiene esta perra?”, preguntó Carlos. “Cincuenta y cuatro, pero todavía sirve”, respondió Laura, y yo sentí mi cara arder. Me hicieron lamer un trozo de pan del suelo mientras ellos tomaban cerveza en la mesa. El pan estaba duro, con migajas pegadas al parqué, y cada lamida era una humillación nueva. “Mira qué obediente es”, dijo Miguel, y Carlos añadió: “Sí, pero es un poco lenta. Mi perro lo hace mejor”. Sus risas resonaban en el salón, y yo gateé hacia una pelota que Laura lanzó, con mis caderas moviéndose torpemente, mi culo en el aire, sintiendo sus miradas en cada centímetro de mi cuerpo. En un momento, Laura tiró de la correa con ...