-
Debo embarazar a mamá 13
Fecha: 03/06/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos
... afectuoso abrazo. Apoyé mi frente contra su hombro, aspirando su aroma cálido, ese perfume que era tan ella, tan conocido, tan tranquilizador. Ella soltó una risa bajita. —¿Qué hacés, tontito? —susurró. —Nada. Solo quería abrazarte —le dije. Giré la cabeza y le di un beso en la mejilla, apenas rozando su piel. Ella se quedó quieta, después de todo era lo más natural del mundo. Pero aún así se lo di con una intensidad diferente de la normal. Y también con los labios más húmedos de lo normal. Y a eso sumarle mi erección apretándose en su cuerpo. Después deslicé mis labios hasta su cuello, muy despacio, sin apuro, y dejé otro beso húmedo justo ahí. La sentí estremecerse levemente en mis brazos. Cerré los ojos, apretándola un poco más fuerte contra mí, deseando quedarme así para siempre. Solo nosotros dos, en esa cocina tibia, mientras el agua seguía corriendo en la pileta y el mundo afuera dejaba de importar. —Bueno, Tadeo —murmuró ella. Le di otro beso en el cuello, y luego, con mucha dificultad, me aparté de ella. Un montón de ideas inundaron mi mente. ¿Estaba también excitada? ¿Le recordaría al Tadeo que había conocido hacía mucho, al igual que le había pasado a la tía Tamara? Ambas ideas podían ser ciertas, y además, se complementaban. Pero no tuve el valor de increparla como a la tía, aunque ganas no me faltaron de empujarla contra la mesada y cogérmela ahí nomás. Con mucho esfuerzo aparté esa idea de mi cabeza, y me fui de la cocina, ...
... frustrado. ….. Estaba en el patio trasero de casa, tirado en una reposera vieja que todavía sobrevivía probablemente de cuando la casa era una pensión, aunque yo no la había visto cuando visité el pasado, cuando escuché el timbre. El sonido me sacó de ese letargo medio raro en el que estaba hundido, entre el calor tibio de la tarde y una nostalgia que me raspaba por dentro. Me levanté con desgano, sintiendo el peso de todo el día encima, y caminé arrastrando las ojotas hasta la reja de entrada. Era la abuela. Hacía apenas dos días que había regresado a mi tiempo, y trataba de no pensar en ella. Le tenía cierto rencor básicamente por haber dejado que su novio me matara. Estaba seguro de que eso fue lo que, de alguna manera, me regresó al presente. Pero no me sentía nada agradecido. Ester estaba ahí, plantada en la vereda, mirándome con una sonrisa ladeada que reconocí enseguida, aunque ahora estuviera escondida detrás de unas arruguitas finas en la comisura de sus labios y un tinte demasiado rubio en su pelo, que ya no era natural. Su cuerpo seguía siendo impresionante a su manera: el jean claro le abrazaba las caderas anchas con una terquedad casi adolescente, y la remera blanca ceñida al torso dejaba adivinar que, aunque los años le habían pasado por encima, no le habían quitado la esencia. Todavía era una mujer que sabía que podía provocar miradas. Al igual que me pasaba con mamá, nunca la había visto de esa manera, pero ahora notaba lo buena que estaba a pesar de ...