1. Alba (1): Vecina con hija


    Fecha: 07/06/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Autor: danynitajo, Fuente: CuentoRelatos

    ... sobre el frenillo me hacía ver estrellas. Mirarme en sus ojos mientras me devoraba fue casi demasiado intenso – esa mirada de puro deseo femenino, de poder y entrega simultáneas.
    
    El viaje a la habitación de visitas fue un borrón. Sólo recuerdo la presión de su mano en la mía, la promesa tácita en su sonrisa. Cuando la puerta se cerró, el mundo exterior dejó de existir.
    
    La habitación era un santuario – la luz dorada bañando su piel, las paredes púrpuras reflejando nuestra pasión, la cama enorme que pronto conocería el peso de nuestros cuerpos entrelazados.
    
    En ese momento lo supimos ambos – esto no era un simple encuentro furtivo. Era el principio de algo mucho más peligroso… y mucho más delicioso.
    
    La voz suave de Alba rompió el silencio cargado de deseo:
    
    —Alexa, play something sexy…
    
    La habitación se inundó de un ritmo lento y sensual, guiándonos como cómplices en este juego prohibido. Alba se acercó, deslizándose contra mí como si su cuerpo ya conociera cada uno de mis contornos. Mis brazos la rodearon, las palmas de mis manos aferrándose a esa cintura estrecha, sintiendo el calor de su piel a través del encaje negro que apenas la cubría.
    
    Ella llevaba sólo la lencería, sus pezones duros rozando mi torso desnudo cada vez que respiraba. Yo, con la camisa abierta y los jeans abandonados en el suelo, ya no podía ocultar nada. Bailamos sin prisa, sus caderas moviéndose contra mi erección, cada roce más ...
    ... intencional que el anterior.
    
    No pude resistirlo. Arranqué la camisa de un tirón, y con dedos que temblaban de ansia, deslicé las tiras del sostén de sus hombros. Sus senos cayeron libres, firmes, con pezones oscuros y erectos, tan perfectos como los había imaginado. Me incliné, capturando uno entre mis labios, saboreando su peso, el latido acelerado bajo mi lengua.
    
    Alba arqueó la espalda, un gemido ahogado escapando de sus labios, mientras sus manos se enredaban en mi pelo, urgiéndome a tomar más, a morder suavemente. La llevé hacia la cama, su cuerpo cayendo sobre las sábanas como una ofrenda, la luz dorada del atardecer pintando su piel de ámbar.
    
    Me arrodillé entre sus piernas, deslizando los dedos por los bordes de sus pantis de encaje, siguiendo el camino de su humedad hasta encontrar el calor húmedo que ya empapaba la tela.
    
    —Déjame ver todo… —murmuré, deslizando la lencería por sus caderas con una lentitud tortuosa.
    
    Cuando por fin quedó expuesta, su sexo estaba hinchado, brillante, perfecto. Mis labios descendieron, besando primero el interior de sus muslos, luego ese pequeño clítoris palpitante, antes de hundir la lengua en su profundidad.
    
    Alba gritó, sus piernas temblorosas cerrando mi cabeza entre ellas, sus manos aferrándose a las sábanas. Sabía a sal y miel, a pecado y promesas rotas. Cada gemido, cada sacudida de sus caderas, me decían que esto ya no tenía vuelta atrás.
    
    Y no quería que la hubiera. 
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