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Ayuda entre hermanas (FINAL)
Fecha: 08/06/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... borde, entrando apenas, volviéndome loca. Me tapé la boca con las manos para no gritar. Sentí el temblor en la espalda, el calor concentrado entre las piernas. Diana lamía y lamía, con la precisión de una experta, como si le pagaran por cantidad de lametones. No tardé nada en mojarme. El flujo bajaba por mis muslos y se mezclaba con la saliva de mi hermana. No podía creerlo. No quería creerlo. Pero era tan intenso, tan diferente a todo, que sólo podía dejarme llevar. De repente, sentí los dedos de Diana en mi vagina, primero uno, luego dos. Los movía en círculos. La lengua no se detenía en el ano, pasaba de un agujero a otro, alternando, torturándome con cada movimiento. —Te está gustando…—dijo Diana, y su voz sonó lejana, como si llegara desde el fondo de un pozo. —Sigue —pedí, apenas en un susurro. Y lo hizo. Me folló con los dedos, me lamió el culo como si fuera un postre y me llevó al borde del desmayo. El orgasmo fue tan brutal. Quizá, en realidad, por una mezcla incalculable de estrés y la nueva sensación de ahora. Diana se agachó, me levantó la cara y me besó en la boca. —¿Te gustó? —preguntó, burlona. —Sí —contesté, y esta vez no mentía. Nos tumbamos juntas, las dos exhaustas. Diana me abrazó por la espalda, y me sentí protegida y perdida a la vez. Al día siguiente fue cuando la acción re-comenzó. Estábamos tiradas en mi cama, las dos en bragas y camiseta, exhaustas tras dos horas de tortura en el gym y otros cuarenta minutos de ...
... tortura, esta vez autoimpuesta, en la ducha y después en la cama, donde cada quien se había masturbado mientras miraba a la otra hacerlo. El sudor seco, el olor agrio, el cansancio en la médula. Diana respiraba con la boca abierta, las tetas subiendo y bajando a ritmo de mar picado. El rostro brillaba de endorfinas y picardía. —Tenemos que hacer algo —dijo, sin despegar la vista del techo. —¿Qué? —pregunté, apenas consciente. —Tenemos que hacer que las cosas cambien —resopló—. Mamá no tuvo ni que hacer nada para detenernos, y eso no puede ser. No supe qué responder. —No sé qué quiero —dije, honesta. Diana se giró hacia mí. Me miró con los ojos afilados de cuando planeaba algo de verdad peligroso. —Tenemos que hacer lo que vinimos a hacer —dijo, y la frase parecía una sentencia. —¿Qué es eso? —le seguí el juego, aunque el cuerpo ya intuía la respuesta. —Tenemos que hacer que papá caiga. Ahora. Sin rodeos. Si no, todo se va al carajo. Me reí. Quise tomarlo a broma, pero el corazón se me aceleró. —¿Cómo, así nada más? —Mañana —dijo Diana, con la firmeza de un dios vengativo—. Cuando vuelva del gym. Va a estar solo, cansado, y va a ser nuestro. Se quedó en silencio, mirándome, esperando que le encontrara un error a la lógica. No lo había. —¿Qué tengo que hacer? —pregunté, resignada. Diana sonrió. —No te preocupes, como siempre, sólo sígueme la corriente. No dormí esa noche. La anticipación, la maldita anticipación. El día llegó ...