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Intercambio entre hermanas - completo (cap. 04)
Fecha: 09/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Abel Santos, Fuente: TodoRelatos
... cuando comprendí que me era imposible seguir. La última imagen de Ana sentada sobre la cama mostrando sus bellos muslos abrazados por los leotardos transparentes no se iba de mi retina, por más correos que leyera. Al fin me rendí. Me descalcé para no hacer ruido esta vez y me dirigí al dormitorio de Ana. Traspasé el primer umbral y al llegar al segundo me quedé petrificado. La imagen de Ana masturbándose, salvando la perspectiva de su posición, era prácticamente idéntica a la de aquella tarde en casa de sus padres. La boca se me secó y mis ojos dejaron de parpadear. No podía hacerlo si no me quería perder ni un solo fotograma de aquella escena maravillosa… mágica… Ana estaba tumbada sobre la cama. Había apilado dos almohadas y su cabeza descansaba sobre ellas. La larga melena la había acomodado sobre el hombro más alejado de mi posición y, esponjosa, caía sobre su seno izquierdo. La falda se hallaba levantada y con sus largos dedos recorría su pubis de abajo arriba y de arriba abajo con una suavidad sedosa. Casi podía sentir el roce de sus dedos contra la tela de los leotardos sobre la hendidura de acceso a su preciado tesoro. Ana gemía bajito, los ojos semicerrados, y noté que había percibido mi presencia en el espejo del vestidor. El trajín de sus manos empezó a acelerarse y supe que actuaba para mí. Y no pude evitar manosearme el pene por encima del pantalón del chándal. Mi erección era ya imparable y amenazaba con estallar ante la tensión que iba acumulando ...
... por momentos, mientras espiaba por segunda vez a mi cuñada. Y aquello no era más que el principio. Ana arqueó sus caderas y, con el mismo movimiento felino de la primera vez, se bajó los leotardos y las bragas hasta dejarlos en los tobillos. Entendí que cambiara de estrategia —en la primera ocasión los había dejado a medio muslo— porque ahora esta posición le permitía abrir las piernas y manipular entre ellas con mayor libertad. Aparte de enseñarme su intimidad de una manera más explícita, cosa que le agradecí en mi interior. Porque fue en ese instante cuando percibí la diferencia entre el sexo de la niña Ana y el de la mujer que ahora era. Aquel era ralo, pero descuidado y selvático. Éste estaba rasurado —tal vez depilado— como el de una muñeca. Ambos eran bellos, pero el actual estaba más hecho, era más tentador. Exhalaba deseo y lujuria por todos sus poros, y su perfume de hembra —imaginado en los escasos metros que nos separaban— me embriagaba por completo. No pude resistirlo y solté mis pantalones de chándal con urgencia. Mi pene rebotó hacia arriba buscando la luz y feliz al sentirse libre. Mi mano derecha tomó vida propia y, abrazándolo con fiereza, empezó a masturbarlo enloquecida. Ana giró la cabeza hacia mí y sonrió gozosa. El placer que se daba a sí misma le brillaba en las pupilas. Con un parpadeo me dio a entender que sabía que la miraba, antes de volver la cabeza a la posición inicial y seguir con su actividad entre las piernas. De nuevo, como aquella ...