1. La piel que no se olvida


    Fecha: 20/06/2026, Categorías: Hetero Autor: Angelguti, Fuente: TodoRelatos

    La brisa tibia del mediodía soplaba con lentitud sobre la explanada de acceso al centro penitenciario. Alberto bajó de su coche con el corazón golpeándole el pecho, las manos sudorosas dentro de los bolsillos de su cazadora desgastada. Llevaba una camisa blanca limpia, recién planchada, y un ramo improvisado de margaritas que había comprado en una gasolinera de camino. Se sentía ridículo y nervioso, como un adolescente camino a su primera cita. Pero no era una cita cualquiera. Erala cita.
    
    Habían pasado exactamente treinta y siete días desde que salió. Treinta y siete días que había contado uno por uno desde la libertad. Desde que pudo respirar sin el sonido metálico de puertas que se cerraban a su espalda. Desde que soñaba todas las noches conella.
    
    Jenifer.
    
    La misma que lo arrastró con su risa desafiante y sus labios ardientes hasta el rincón más prohibido del centro de inserción social. La misma que lo hizo correrse en su boca, en aquel baño sucio, con una intensidad que no había sentido en años. La misma que, al despedirse en el comedor, le susurró con los ojos vidriosos:
    
    —No me olvides, cabrón. Cuando salgas… ven a verme. Te quiero dentro de mí otra vez.
    
    Y ahora estaba allí. Con la autorización firmada por la dirección para un bis a bis. Dos horas en una sala sin cámaras. Una cama, una silla, un lavabo, una puerta cerrada con llave. Y ella.
    
    El guardia de seguridad lo hizo pasar tras revisar sus datos.
    
    —Primera vez en bis a bis con esta interna, ...
    ... ¿no?
    
    Alberto asintió.
    
    —Pórtese bien, amigo. Hay micrófonos, pero no cámaras. Dos horas. Si hace calor, no abra la ventana. Solo se abre desde fuera.
    
    Lo acompañó por un pasillo con pintura desconchada y olor a lejía. Todo era familiar, pero distinto. Ahora entraba como visitante. Como hombre libre.
    
    Y entonces, la puerta se abrió.
    
    Jenifer estaba allí.
    
    Vestía un vaquero ajustado, desgastado en los muslos, y una camiseta de tirantes blanca que dejaba al descubierto sus hombros dorados por el sol. Su pelo negro, recogido en una coleta alta, le caía sobre la espalda como una bandera de guerra. Lo miró. Sus ojos brillaban como si no hubieran pasado los días, como si aún estuvieran en aquel baño, jadeando entre suspiros sucios.
    
    —Hola, cabrón —susurró.
    
    Alberto cerró la puerta detrás de él. El cerrojo resonó con un clic seco, íntimo. El mundo quedó fuera.
    
    Se acercaron despacio. Ninguno sonreía, pero sus cuerpos ya temblaban por dentro. Era una mezcla de ansiedad, deseo, ternura, furia contenida. Él levantó la mano, le rozó el rostro, y ella cerró los ojos. En un solo segundo, el silencio se volvió insoportable.
    
    Entonces se besaron.
    
    No fue un beso torpe ni tímido. Fue una colisión brutal. Sus bocas se buscaron con hambre, con rabia. Alberto dejó caer el ramo de flores al suelo. Jenifer lo abrazó con fuerza, como si temiera que se esfumara. Se besaron con furia, con los dientes chocando, con las lenguas entrelazadas, con gemidos que se les escapaban entre ...
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