1. LNE (y 15). El mapa del jardín de los afectos


    Fecha: 20/06/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos

    ... potencia.
    
    —¿Y por qué crees que haces eso?
    
    —Porque me da miedo cagarla. No quiero repetir errores. —Respiró hondo—. Pero también sé que sin arriesgar, no hay juego.
    
    Ella sonrió, alcanzándole la mano.
    
    —César, la gente que importa no espera que seas perfecto. Espera que aparezcas. Sin mapas, sin brújulas. Solo tú.
    
    —Eso suena muy bien, pero también suena como si me hubieras dado un mal consejo —bromeó él.
    
    Inés se acercó y, con voz suave, le susurró:
    
    —Prueba a dejar que el camino se dibuje andando.
    
    Los labios de César encontraron los de Inés con torpeza y verdad. La risa se convirtió en silencio, y el silencio en algo más.
    
    Después, la cena fue un collage de anécdotas, bromas y miradas que decían más que cualquier palabra. No importaba el microondas ni las cucharas desparejadas; solo estaban ellos, dos imperfectos caminantes del laberinto emocional.
    
    ***
    
    Inés no había planeado acostarse con César aquella noche. Al menos, no en su Google Calendar.
    
    Eso ya era raro.
    
    Porque si algo le gustaba a Inés, era prever. Programar. Tener control. De su trabajo. De su casa. De la cantidad exacta de gotas de limón en una ensalada. Hasta de los insultos que pensaba lanzar en un posible cruce de pasillo con madres “influencer” del colegio.
    
    Pero aquella noche, entre el vino blanco caro que había llevado ella (“no soporto el Prosecco de supermercado”) y el tiramisú mediocre que había hecho él (“lo de cocinar te lo tienes muy creído, ¿no?”), el control empezó ...
    ... a resbalar.
    
    Y cuando él se acercó a recoger los platos —sin camiseta, porque según él se había manchado el hombro con cacao— Inés ya estaba pensando en el culo. El suyo no. El suyo. El que le habían dicho toda la vida que era “casi una anomalía genética”, porque una mujer tan desgarbada no tenía derecho a tener unas nalgas así. Tensas, altas, de melocotón escogido del frutero. Tan redondas que no encajaban con sus caderas estrechas ni con sus piernas huesudas.
    
    Y César… César lo había notado desde la primera reunión de padres.
    
    —Tú sabes que ese culo es obsceno, ¿no? —le había dicho una vez, bajando la voz mientras esperaban que sus hijos salieran del aula de plástica.
    
    —¿Obsceno? —había respondido ella, sin mirarlo—. Lo tuyo es más grave. Tú tienes dos ex, un negocio ruinoso y aún te crees sexy. Eso sí que es inmoral.
    
    Pero no se alejó.
    
    Y esa noche, cuando ella se acercó a la cocina y él se giró, la tensión se rompió con un beso torpe, apresurado, con dientes. Uno de esos que nacen del “esto no puede estar pasando” y terminan en “esto va a pasar ahora mismo”.
    
    La ropa cayó de forma desordenada, contradictoria. Ella se quitó los vaqueros con una impaciencia que no era suya. Él se atascó con el sujetador —una prenda sin glamour, pero estratégica, como casi todo lo que llevaba Inés—, y ella terminó por quitárselo con una risa seca.
    
    —Tus manos son peores que tus opiniones.
    
    —Y tus pezones son más tercos que tu sarcasmo.
    
    —No me halagues.
    
    Ella no tenía ...
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