1. Noche de pileta con mi sobrino


    Fecha: 22/06/2026, Categorías: Incesto Autor: Princesa cruel, Fuente: TodoRelatos

    ... ¿sabés?
    
    Reí sin querer. Lo miré. Esta vez, al menos, tenía puesto un traje de baño. El torso completamente desnudo, marcado.
    
    —Hoy no fui tan atrevido como para venir desnudo —me dijo, con esa sonrisa torcida que me desarmaba—. Traje este bañador que me compró tío Fabricio.
    
    —No lo nombres —le corté, seria.
    
    Él rio, una risa baja, casi diabólica. Apagó el cigarrillo contra la pared y se acercó.
    
    Cuando me acarició la mejilla, su mano fue increíblemente tierna. No conocía esa faceta suya, me desconcertó. Me corrió el pelo hacia un costado y me miró fijo.
    
    —¿Qué pensás de mí? —le pregunté, sin entender de dónde había salido esa pregunta.
    
    —No importa —dijo, bajando la vista.
    
    —Lo quiero saber. No me voy a ofender.
    
    Se inclinó, me dio un beso suave, inesperado, en los labios. No fue brusco, no fue como el beso en el supermercado: este fue lento, casi dulce. Luego se enderezó, mirándome desde arriba con esos ojos verdes que parecían dos faroles encendidos en la oscuridad.
    
    —Creo que sos hermosa. Sos muy inteligente… y muy divertida cuando no estás a la defensiva —dijo.
    
    —¿Y qué más?
    
    —¿Qué querés que te diga? —se rió un poco, bajando la mirada otra vez.
    
    Me agarró del mentón y me levantó la cara para que lo mirara.
    
    —Sos la mujer más hermosa que conocí en la vida. Tenés una cara de muñequita que me vuelve loco.
    
    —Cara de puta —le dije.
    
    Él sonrió. Con el dedo gordo frotó mis labios despacio.
    
    —Bueno, sí, me parecés muy puta. Va… ya sabés que no ...
    ... hablo de las que cobran.
    
    —De las que nos gusta coger —completé yo.
    
    —De las que aman la pija —siguió.
    
    —A todas nosotras nos llaman putas solo por ser libres.
    
    —Es que es una palabra muy linda —dijo, encogiéndose de hombros, como si fuera obvio.
    
    —Fabricio me cagó, y nadie usa con él un adjetivo equivalente al de prostituto.
    
    Enzo soltó una carcajada.
    
    —¿El tío te cagó? Me cuesta creerlo.
    
    —Dice que lo hizo por miedo a que yo lo cague —le dije, sorprendiéndome a mí misma de esa confesión—. ¿Querés nadar? —le pregunté después, buscando escapar de esa tensión.
    
    —No, todavía no —dijo, mirándome de arriba abajo—. Igual sospecho que coger en la pileta no debe ser tan sexy ni tan fácil como en las pelis.
    
    Reí. Sabía que tenía razón.
    
    —Yo no dije que íbamos a coger. Solo vine a nadar un poco —dije.
    
    —Claro, sí.
    
    —Es la verdad —insistí.
    
    —Vení —dijo de repente, como si no le importara lo que le estaba diciendo.
    
    Me agarró de la mano, firme, y dio dos pasos hacia atrás hasta quedar contra la pared.
    
    Su dedo gordo volvió a mis labios, pero esta vez no solo los acarició: me lo metió en la boca.
    
    Yo empecé a chupárselo despacio, llenándolo de saliva, mientras lo miraba a los ojos, sin parpadear.
    
    Me tomó de la mano con firmeza, guiándome hacia la pared como si marcara un nuevo territorio. Su cuerpo irradiaba un calor desafiante. Volvió a llevar el dedo gordo a mis labios, pero esta vez no se conformó con rozarlos: lo empujó suavemente entre ellos. Yo ...
«1234...9»