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La Puta de Morales - Parte 2
Fecha: 13/07/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Natalia Guardia, Fuente: TodoRelatos
La puerta de su apartamento se cerró con un golpe sordo cuando Paulita entró, dejando caer el bolso al suelo como si pesara toneladas. Las lágrimas no tardaron en brotar, calientes y silenciosas, resbalando por sus mejillas y cayendo sobre el vestido arrugado que aún olía a sexo y humillación. Se dejó caer en el sofá, hundiendo el rostro entre las manos, pero no lloraba por lo que había hecho, no lloraba por haber cedido, ni siquiera lloraba por haber sido tratada como una puta en ese estacionamiento frío y desolado. Lloraba porque le había gustado. Porque cada insulto, cada nalgada, cada embestida brutal de ese hombre al que siempre había despreciado, había encendido algo dentro de ella que no podía apagar. "¿Qué mierda me pasa?" se preguntó, frotándose los ojos con furia, como si pudiera borrar la imagen de Morales encima de ella, de su verga gruesa llenándola, de su voz áspera susurrándole cosas que jamás habría admitido que quería escuchar. Se levantó bruscamente y se dirigió al baño, arrancándose el vestido con movimientos bruscos. El espejo le devolvió la imagen de una mujer marcada: labios hinchados, pelo revuelto, moretones en forma de dedos en sus caderas. Bajó la mirada, viendo las manchas secas entre sus muslos, la prueba física de su traición a sí misma. El agua de la ducha estuvo tan caliente que casi quemó, pero no bastó para limpiar la sensación de sucio placer que se aferraba a su piel. A la mañana siguiente, Paulita se despertó antes ...
... que el sol. No había dormido bien, pero algo en ella había cambiado. Una determinación fría, casi calculadora, había reemplazado la vergüenza de la noche anterior. Se miró en el espejo del baño mientras se cepillaba los dientes, analizando su reflejo con ojos críticos. "Si esto es el juego, lo jugaré mejor que nadie." Se depiló con cuidado, se hidrató la piel con una loción que olía a vainilla y canela, y luego se dirigió al clóset. Hoy no iba a vestirse para impresionar. Iba a vestirse para dominar. Escogió una blusa blanca de seda, lo suficientemente translúcida como para insinuar el color rosado de sus pezones, pero lo bastante elegante para mantener las apariencias. La falda, negra y ajustada, se detenía justo por encima de las rodillas, y las medias de red negras brillaban bajo la luz del baño cuando se las ajustó. Los tacones, de aguja fina, añadían una peligrosidad a su caminar que no pasaría desapercibida. Se maquilló con precisión: ojos ahumados, labios rojos carmesí, pestañas postizas que hacían que su mirada pareciera más intensa. Cuando terminó, el espejo le devolvió la imagen de una mujer que sabía exactamente lo que valía… y exactamente lo que estaba dispuesta a hacer para conseguirlo. Llegó a la oficina antes que nadie, salvo el guardia de seguridad, que no pudo evitar mirarla con descaro cuando pasó. Paulita no le prestó atención. Sabía adónde iba. Apenas llegó a su escritorio, antes incluso de sentarse, la voz de Morales resonó desde su ...