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Rojo intenso (5): El susurro del linaje
Fecha: 16/07/2026, Categorías: Incesto Autor: ElPecado, Fuente: CuentoRelatos
... siempre. —Igualmente —dijo Rosanna, con una voz más suave de lo habitual, como si le hablara a una parte de sí misma que aún no entendía lo que estaba ocurriendo. La hermana de Rosanna, ajena al vendaval que acababa de desatar sin saberlo, los dejó a solas por un instante mientras saludaba a otros invitados. El silencio entre ellos se volvió casi insoportable. —¿Tú sabías? —preguntó ella en voz baja, sin mirarlo directamente. Ismael negó con la cabeza. —No. Te juro que no. Ella… nunca me habló de ti. Solo sabía que tenía una hermana, pero no que eras tú. Rosanna asintió lentamente. No había rabia en sus gestos, solo una mezcla de sorpresa, incredulidad… y algo más difícil de nombrar: un duelo silencioso por todo lo que no supieron. —Esto lo cambia todo —dijo ella, sin dramatismo, pero con una firmeza que helaba. Ismael dio un paso hacia ella, pero se detuvo. Ya no estaba seguro de si podía acercarse. —Yo… no sé qué decir. No sé qué hacer. —No digas nada. No ahora. Solo… mantén la compostura. Aquí nadie debe notar nada —respondió ella, enderezando la espalda y dándole una mirada que solo los dos podrían comprender. Y así, en medio de la fiesta, con las luces brillando sobre las mesas y las voces elevadas en brindis, dos personas quedaban atrapadas en un silencio lleno de preguntas. La fiesta ya estaba por terminar. El jardín estaba casi en silencio, solo quedaban copas vacías, luces tenues aún encendidas y las primeras señales de la ...
... madrugada extendiéndose como un suspiro. Rosanna no había vuelto a ver a Ismael desde aquella presentación. Había saludado, sonreído, disimulado. Su hermana la abrazó, estaba inmensamente feliz, sin saber el terremoto que había desatado. Pero el temblor aún latía en su pecho. Estaba por irse cuando sintió que alguien se acercaba detrás de ella. No necesitó girarse para saber quién era. —¿Podemos hablar? —susurró Ismael. Ella asintió y lo siguió hasta una pequeña terraza vacía, donde el cielo nocturno caía pesado sobre sus hombros. Hubo un silencio largo. El tipo de silencio que solo puede existir entre dos personas que han compartido demasiado y aun así no saben cómo ponerlo en palabras. —Tía… yo no quiero que esto termine —dijo Ismael, con voz grave pero firme—. No puedo. Lo que hemos vivido… no puede borrarse con un apellido, ni con un parentesco que no sabíamos que existía. Yo no crecí contigo. No te tuve como tía. Te tuve como… mi todo. Ella lo miró con los ojos humedecidos. Quería decir algo, pero no podía. No aún. Así que él continuó: —Sé lo que significa esto. Sé lo que la gente pensaría. Pero también sé lo que siento cuando te miro. Lo que me haces sentir cada vez que dices mi nombre, cada vez que me tocas, cada vez que simplemente… estás. Rosanna se acercó. No lloraba, pero su rostro era el de alguien que había caído desde muy alto y había decidido levantarse. —Yo tampoco quiero que termine —susurró—. No sabía cómo se llamaba tu madre. No tenía ...