1. Antonio reparte rabo en casa de su sobrina


    Fecha: 25/07/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos

    ... encima del pantalón, apretando con gesto obsceno mientras negaba con la cabeza.
    
    —Mira, guapa… tú sabes que yo te daba rabo por todos lados. Te ponía mirando pa’ Cuenca, pa’ Albacete y pa’ Marruecos, si hace falta. Pero tu parienta me dejó claro que me porte bien, que no te caliente, y que no meta la polla donde no toca. Y yo soy muchas cosas, pero corneador… no.
    
    Anya lo miraba desde abajo, con los ojos entrecerrados y el labio inferior humedecido por la lengua. El embarazo no le había quitado el deseo, al contrario: lo había multiplicado. Tenía las tetas hinchadas, la piel sensible, y el sexo le ardía desde que se levantaba.
    
    —Antonio… —murmuró, casi suplicando—. Me muero. No puedo más. Sólo un poquito. No hace falta que me la metas entera… ni que te corras dentro… sólo… necesito algo.
    
    Él resopló otra vez, con esa sonrisa torcida suya, y se metió la mano por dentro del pantalón, rascándose los huevos sin pudor alguno.
    
    —¿Tú sabes lo que pasa? Que yo cuando follo, pierdo el norte. Me transformo, joder. Me vuelvo un animal. Y ahora tú estás ahí, redondita, calentorra, con las tetas como globos de feria… ¡y me pides que lo haga suave! ¡¿Suave yo?! —dijo, abriendo los brazos y señalándose—. ¡Si yo cuando me caliento te despatarro y te embisto como si me fuera la vida!
    
    Se inclinó hacia ella, el rostro encendido.
    
    —Y a mí me da miedo, ¿entiendes? Que con este rabo —dijo, agarrándose el paquete con descaro—, con este bicho suelto, te reviente sin querer. Y el crío ...
    ... está ahí, dentro. No es por ti, ni por Claudia. Es por el chiquillo.
    
    Anya apretó los muslos con fuerza, frotándose casi sin querer, desesperada. Sus pezones marcaban el tejido fino del camisón, y sus ojos suplicaban algo más que palabras.
    
    —Entonces… ¿nada? ¿Ni un poquito?
    
    Antonio la miró, tragando saliva, con la mandíbula apretada y los ojos brillantes.
    
    —Tú sigue mirándome así… y verás cómo acabamos. Pero si me dejo llevar, la culpa será tuya, no mía.
    
    Anya no dijo nada al principio. Sólo se estiró despacio sobre el sofá, dejando caer un tirante del camisón sin disimulo, mientras los ojos de Antonio seguían cada movimiento como si viera una escena prohibida.
    
    —¿Tú sabes lo que más me jode de este embarazo? —dijo con voz suave, como si hablara del tiempo.
    
    Antonio, con la mirada clavada en ese hombro desnudo, apenas pudo mascullar:
    
    —¿El qué?
    
    Anya giró el cuerpo ligeramente hacia él, con una sonrisa traviesa.
    
    —Lo sensibles que tengo los pezones. Es como si se me fueran a salir del cuerpo. Están... que da miedo.
    
    Antonio gruñó por lo bajo, cambiando de postura en el sillón. Se rascó la entrepierna, no con disimulo, sino con todo el descaro del mundo.
    
    —No digas esas cosas, joder. Que yo soy de carne, y tú estás ahí… con esa cara de querer que me la saque y me la casque mirándote.
    
    Ella se encogió de hombros, inocente y perversa a partes iguales.
    
    —Sólo decía. No me mires así. Eres tú el que está babeando con mi cuerpo de preñada. Me miras como ...
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