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Jugando al doctor… y un poco más. Un relato para mujeres curiosas sobre el despertar sexual masculino.
Fecha: 27/07/2026, Categorías: Gays Masturbación Voyerismo Autor: Anonimo, Fuente: SexoSinTabues30
Eran mediados de los años 90, y tenía unos ocho años. Era un niño activo: además de ser un buen alumno de colegio, jugaba al fútbol y hacía natación. También solía salir a jugar con otros chicos por el barrio de mi casa. Otra de mis actividades era estudiar inglés: la mamá de uno de mis mejores amigos era profesora, lo cual facilitó las cosas para comenzar a aprender desde bastante pequeño. Me gustaba mucho ir, pues muchas veces me quedaba después de clase a jugar con mi amiguito. Digamos que se llamaba Gastón. Nos veíamos con mucha frecuencia, por lo cual teníamos confianza. Gastón y yo éramos bastante parecidos físicamente: delgados, más bien rubios, de edad similar. Él usaba el pelo un poco más corto y era algo más bajo que yo. Nos llevábamos muy bien: jugábamos a la pelota, con autitos, con muñecos (figuras de acción), etc. En ocasiones, también nos divertían los juegos simbólicos (de rol): fascinantes historias en las que nos convertíamos en piratas, astronautas, luchadores y mil cosas más. Mi secreto empieza en uno de esos juegos. Algunas tardes de primavera estábamos casi solos en su casa. Su hermana iba a clases de patín, por lo que la habitación era toda nuestra. Su madre, paralelamente, solía abocarse a tareas domésticas y no tenía su atención puesta en nosotros. Quizá por eso nos atrevimos a inaugurar un nuevo entretenimiento, que a nuestra corta edad ya sabía un poco a prohibido: jugar al doctor. Las primeras veces, el juego consistía en el ...
... esquema clásico: Gastón era el médico y yo el paciente, o viceversa. El “paciente” se acostaba en una de las camas, que oficiaba de camilla, y el “médico” lo revisaba recorriendo con las manos cada parte del cuerpo del paciente, simulando evaluar reacciones al tacto, preguntando si dolía, etc. Al completar la revisión, cambiábamos de rol. Luego de jugar de esta manera en una o dos ocasiones, Gastón propuso que “el paciente” se levante un poco la ropa, dejando el abdomen lampiño a la vista. Y yo acepté. Primero, me tocó ser médico. Inspeccioné sus piernas, brazos, cabeza… pero poco me importaba, solo pensaba en ese lugar que, novedosamente, aparecía descubierto. Pasé por su pecho y bajé despacio a su pancita infantil. Subí un poco más la ropa, y recorrí su piel de lado a lado con mis deditos inocentes. Recuerdo su piel erizada, su respiración acelerada. Hice algunos círculos alrededor de su ombligo, y se movió por las cosquillas que le provoqué. Luego dijo “ya está”, y se volvió a cubrir. “Te toca a vos”, indicó. Entonces, con nervios, me acosté y levanté la remera. Él apenas tocó mis piernas y pecho, fue directo a la única zona desnuda de mi cuerpo. Empezó a acariciarme la panza despacio. Su tacto me estremeció y cerré los ojos. Sentí su mano recorrer el borde de mis pantalones, y mi pequeño miembro ponerse durito rápidamente. Era tan solo un nene. Un nene muy excitado. Su mamá interrumpió el juego con un grito remoto, avisando que pronto vendrían a buscarme mis ...