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Lo Que Ella Sabe
Fecha: 04/08/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: Ariadna Apodidomi, Fuente: TodoRelatos
... piel, en la mañana después mientras se observa ante el espejo de cuerpo entero de su habitación. La que repasa con sus dedos cada raya roja, cada mordisco, cada pellizco. La que sin forzarlo se siente orgullosa y excitada. A veces, en los trayectos en metro, le gustaba cerrar los ojos y recordar esa sensación. No la escena concreta. Sino la temperatura interna que le dejaba. La voz que le obligaba. La mirada sobre su trasero azotado. El modo en que todo su cuerpo se reconfiguraba alrededor de esa sensación. Y entonces, con el vaivén del tren, se dejaba llevar por esa fuerza. Es tarde. Demasiado tarde como para tener los ojos tan abiertos, piensa Lía, necesita concentrarse en el momento. Algo sobre lo que siempre insiste su dueño. Habitar el ahora es fundamental para que su entrega sea abierta y sincera. Pero su mente viaja, busca, corre incesante como una perra en pos de su presa. Deborah había insistido en pasar la noche. Había bebido poco, pero suficiente como para no querer volver sola a casa. Y Lía, que en otros tiempos habría puesto distancia, ahora simplemente asintió. La ciudad afuera parecía suspendida. Ni un claxon. Solo el murmullo lejano del ascensor en pausa. Deborah estaba sentada en el sofá con una manta sobre las piernas y una copa de vino ya sin brillo en la mano. Tenía los ojos vidriosos. Una fragilidad acumulada. Lía se sentó junto a ella. No demasiado cerca. Solo lo justo para que Deborah sintiera que no estaba sola. —No sé por qué me siento ...
... tan... vacía —dijo, con un hilo de voz. Y ahí, Lía supo que no era noche de frases fáciles. Ni de consejos rápidos. Era noche depresencias dominantes. De utilizar lo aprendido y de mostrar su yo más profundo. Se quedó en silencio. Sus ojos recorrieron el escote de Deborah bajo entre sus pechos por su abdomen y agarró el valle de su sexo. Cuando volvió a sus ojos, Deborah bajó la mirada. Se sometió. Sin palabras. Sin explicar. Efectivamente era una copa vacía esperando a que alguien la llenara de significado. Y cuando lo hizo, fue como si abriera una presa. Fue un jadeo torpe, con suspiro y escalofrío de arriba abajo, sin sonido, sólo aire. —¿Qué hago Lía? ¿Qué quieres que haga? Quiero que me enseñes. Quiero aprender. Y ahí, Lía, con la calma de quien sabe lo que viene después, le sostuvo la mirada. —¿Sabes qué deseo? —dijo, sin levantar la voz—. Que te desnudes, que te muestres. Que dejes salir a Deborah de ahí. El deseo no tiene que ser mendigado. Tiene que ser compartido, exhibido y ofrecido. El verdadero poder...es saber quién eres cuando nadie te está mirando. Deborah intentó encogerse en el sofá. Lo que pareció un salto atrás, un buscar una puerta de salida. —Tengo miedo. Nunca lo he hecho con una mujer. Lía respiró hondo. Podía decirle que se fuera en ese instante. Que no quería perder el tiempo. Pero pensó en él, en su modo de salir de las situaciones, en redirigir a su amiga hacía la verdad de sí misma. Se quitó el anillo que llevaba siempre en ...