1. Amor en criptomonedas IV


    Fecha: 06/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Peter28, Fuente: TodoRelatos

    ... metió. Margaret lloraba. Primero un sollozo ahogado, luego una cascada de respiración quebrada que se apagaba y volvía. Alan apretó los ojos, sintiendo cómo cada gemido le desgarraba algo dentro. No podía moverse. No debía.
    
    Pasaron minutos, o tal vez una hora. Cuando por fin salió del baño, se escuchaba solo el leve crujir de la puerta. Se acercó a la cama. Su voz fue un hilo:
    
    —¿Estás despierto?
    
    Alan sintió la garganta cerrada, la lengua hecha piedra. No respondió. Sintió el colchón hundirse apenas a su lado. Ella acercó una mano temblorosa y se la puso en la espalda, con la suavidad de quien toca algo sagrado o herido. Alan se estremeció, casi se le escapó un sollozo, pero se obligó a moverse hacia el otro lado, rompiendo el contacto. Imaginó su mano quedarse colgada en el aire, fría, sin nada que tocar.
    
    Ella gimió el acto que no entendió y se tapó la cara con la almohada. El sintió su llanto mudo, contenido, casi infantil. Quiso volverse, abrazarla, decirle que la perdonaba, que se fueran lejos, que empezaran de nuevo. Pero no pudo. Porque la amaba demasiado, y por eso ya no podía quedarse.
    
    La noche se hizo interminable. Afuera, el motor de la moto seguía enfriándose. Eric, en alguna parte de la casa, quizá dormía o se reía de el. Margaret seguía temblando a su lado, aspirando cada tanto como una niña que teme que su madre la oiga llorar. Alan miró la ventana, esperando ver el amanecer. Contaba los segundos. Contaba sus pasos para marcharse.
    
    Sabía ...
    ... que, cuando llegara la luz, haría la maleta. Saldría sin hacer ruido. Cerraría la puerta despacio. Se iría sin volver la cabeza. Y dejaría atrás la única parte de su vida que había amado de verdad.
    
    Al amanecer, se despertó. Había conseguido dormir apenas un par de horas, lo justo para que el cuerpo se rindiera por agotamiento. Se levantó sin hacer ruido, cruzó el pasillo en silencio y bajó a la cocina. Abajo miró al patio y vio los signos de la fiesta, marcas de su destrucción, su humillación. Encendió la cafetera, aún medio dormido, con la mente nublada, pero con un solo pensamiento lúcido martilleando dentro: tenía que irse. No podía seguir en aquella casa, al lado de ella, como si nada hubiera pasado.
    
    El aroma del café comenzó a llenar la estancia. El vapor empañaba levemente la ventana sobre el fregadero. Afuera, los pájaros trinaban y el día se abría tímidamente, como si el sol también dudara en aparecer.
    
    Entonces la oyó bajar. Margaret apareció en la cocina, todavía con el rostro marcado por la noche. El cabello recogido de prisa, los ojos hinchados de tanto llorar.
    
    —Alan… —dijo, con la voz ronca, temblorosa—. Podemos hablar. No es lo que crees.
    
    Él no se giró del todo, apenas ladeó el rostro. Su mirada era dura, apagada.
    
    —No hay nada de qué hablar —dijo con frialdad—. Te pedí que no fueras. Y fuiste.
    
    Dejó el café sobre la encimera, sin probarlo, y se encaminó hacia las escaleras.
    
    — Voy a subir a hacer mi maleta. Salió.
    
    Margaret se paró en la ...
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