-
Amor en criptomonedas IV
Fecha: 06/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Peter28, Fuente: TodoRelatos
... cuando una figura apareció por el retrovisor. —¡Margaret! ¡Alan! ¡Esperen! Se detuvieron. Helen llegó jadeando con mochila en mano. —Sé que no quieren verme, pero no tengo con quién volver. Por favor. Margaret miró a Alan. Su mirada era clara y dura. —Si va esa, no voy yo. no dijo más. Margaret apretó el volante, respiró hondo, y luego miró a Helen. —Lo siento. No puedes venir. Helen se quedó allí, de pie, observando cómo se alejaban en medio de la polvareda de la mañana. Durante un rato, nadie dijo nada. Solo el rumor constante del motor y el paisaje que pasaba. Quedaban unas cuatro horas de carretera. Margaret sabía que era su única oportunidad para explicar, para rogar, para suplicar. Pero todo se vino abajo una hora después, cuando pararon a repostar. Margaret se bajó y le pidió a Alan que llenara el tanque mientras ella iba a pagar. Al terminar regresó. Alan visiblemente inquieto, con la rabia contenida permanecía parado en la ventanilla del copiloto, hirviendo por dentro. Algo lo carcomía, como una astilla clavada en el pecho. Y entonces explotó. —Eres una furcia. Margaret se quedó helada, con la mano aún en la palanca de cambios. —¿Qué has dicho? —Lo que oíste. Su tono era seco, brutal. Las palabras pesaban como piedras. —Retráctate —murmuró ella, incrédula, dolida. — Me estás acusando sin saber. —¿Qué sé? —Alan la miraba sin pestañear—. Sé que te fuiste dejándome como un idiota viendo como lo abrazabas, ...
... como te sujetaba por la cintura delante de mis narices. ¡Y lo que habrán hecho después! Margaret se llevó la mano al pecho, como si intentara tapar un disparo invisible. No sabía qué decir. Ni cómo. Porque, aunque no había ido a “hacerlo”, aunque no había llegado a traicionarlo o por lo menos no completamente, ya no tenía palabras para deshacer lo que había hecho. Se aferró al volante mientras le caían las lágrimas, escuchando a Alan, que seguía insultándola. En desespero encendió el coche y desde dentro gritó —No soy una puta. — Alan siguió. — Te vi desnuda como una maldita zorra. — No, no, no, por favor para — gritó de nuevo. — ¡Basta!. Pero no paró y ella colapsó. — regreso con mis amigos y tú, — hizo una pausa entrecerrando los ojos. – te puedes ir a la mierda. Alan quedó en silencio. Se incorporó al ver el coche en movimiento y para cuando entró en la carretera se fue caminando hasta el borde de la vía, donde la vio alejarse en dirección a la villa. Supuso que para seguir coqueteando con su amado Eric. En aquella recta de frondosos árboles el punto se le hizo cada vez más pequeño, hasta que desapareció. Y así, como se evapora la escarcha en las hojas con los primeros rayos de la primavera, se le evaporó la esperanza, la ilusión, el amor y todo lo que había soñado y construido con ella. Alan recordó una frase que había leído en un libro de autoestima y superación. “En tus primeros años de consagración profesional, es conveniente que mantengas el amor, como ...