1. Amor en criptomonedas IV


    Fecha: 06/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Peter28, Fuente: TodoRelatos

    ... una distracción ocasional. Anomalía del plan que debe ser controlada y dependiendo del matiz, corregida o eliminada, en pro de alcanzar las metas”.
    
    Se dio media vuelta regresando a la tienda de la gasolinera.
    
    La estación estaba casi vacía. El sol ya colgaba alto entre los pinos, pero su luz parecía tenue, como si también se sintiera derrotado. Siguió hasta empujar la puerta del pequeño local, y el campanilleo sonó como un eco ridículo en medio de su caos interior.
    
    El espacio olía a aceite y café de máquina vieja. A la izquierda, una estantería con revistas de caza y autos deportivos; a la derecha, una fila de neveras con helados y refrescos, y más allá, un mostrador con bolsas de patatas fritas, cigarros y chicles de colores. Frente a él, separada del resto por una pequeña baranda de madera, la cafetería: una barra en forma de “U” con ocho taburetes de metal acolchados, tres mesas pegadas a la ventana y una cafetera silbando como si también estuviera a punto de explotar.
    
    Había solo dos clientes en la barra. Uno de ellos era un hombre corpulento, de barba tupida y brazos tatuados, con la chaqueta de cuero echada en el respaldo del taburete. El otro era un jubilado delgado, con un sombrero de pescador que no se quitaba ni para beber.
    
    Alan se sentó en el primer taburete, con la mirada caída y los codos apoyados. Se sentía liviano, como si todo se lo hubieran arrancado en los últimos cuarenta minutos.
    
    Una mujer de unos cincuenta, de cabello rizado y mirada ...
    ... cansada, se le acercó por detrás de la barra.
    
    —Hola, chico… —dijo con voz ronca pero amable—. ¿Mal día?
    
    Alan no respondió. Asintió con un leve movimiento de cabeza.
    
    —¿Qué te pongo?
    
    Se quedó pensando. No tenía hambre. No tenía sed. No tenía nada.
    
    —Una cerveza —susurró, apenas audible.
    
    —¿Rubia o negra?
    
    Antes de que pudiera responder, el hombre de barba soltó una carcajada.
    
    —Rubia. Las negras son para cuando uno ya se resigna a sufrir —dijo con desparpajo.
    
    —¡Deja al chico, Fred! —le dijo la camarera con una sonrisa torcida.
    
    —¡Bah! Solo intento ayudar —replicó el tal Fred, alzando su vaso—. No hay pena que un buen trago no alivie. Aunque sea por cinco minutos.
    
    Alan miró a Fred por primera vez. Era todo lo opuesto a él. De unos 50 años, Grande, ruidoso, barbudo, tatuado y sin miedo a decir lo que pensaba
    
    Parecía sacado de un anuncio de motos Harley.
    
    —Rubia —dijo Alan finalmente.
    
    La mujer sirvió la cerveza en un vaso frío y lo dejó frente a él. Alan bebió un trago largo, sin mirar a nadie.
    
    —Vimos a tu chica. ¿Te dejó? —preguntó Fred, sin tacto, pero con cierta curiosidad genuina.
    
    Alan no contestó al principio. Luego bajó el vaso y giró un poco en el taburete.
    
    —Mejor dicho… la perdí. Y me perdí a mí mismo con ella.
    
    Fred silbó, como si aquella frase le hubiera tocado algo que él también conocía.
    
    —Ajá. Eso es jodido. —Bebió un trago, luego se inclinó hacia él—. A veces uno cree que lo que siente es amor, pero lo que en verdad tiene ...
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