1. Mamá ¿por qué estás desnuda? (FINAL)


    Fecha: 10/08/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos

    ... frotamos con el gel barato del súper, pero el olor a sexo y parafina aún nos envolvía como una segunda piel.
    
    Lavé el cuerpo de mamá con las dos manos, sin pudor, pasándolas por el pecho, la espalda, las nalgas, el sexo. Ella se reía, hundía la cara en mi cuello, y me devolvía el favor acariciando mi verga, mi culo, la línea de la columna, la nuca.
    
    Había una alegría nueva, una liviandad que sólo se siente después de sobrevivir a un cataclismo.
    
    Cuando terminamos de enjuagarnos, Patricia me secó el pelo con la toalla, usando movimientos torpes pero dulces, como si fuera un niño pequeño. Me tiré en la cama sin ropa y la invité a seguirme. Ella lo hizo, todavía mojada, la gota de agua bajándole por el canal del pecho hasta perderse en el ombligo. Nos reímos de lo ridículo, de lo absurdo, del mundo entero.
    
    Esta vez, el sexo fue distinto. No había urgencia ni hambre, sólo ganas de tocarnos, de sentir el calor compartido. Me monté sobre mamá, la besé largo, lento, con la boca apenas abierta. El cuerpo de Patricia estaba tibio y blando, su olor más fuerte que el del jabón. Me acomodé entre sus muslos, la penetré despacio, sintiendo cada milímetro, cada pequeña resistencia.
    
    El misionero nunca fue mi posición favorita, pero esa noche tenía sentido. Quería verla a los ojos, medir el placer en sus pupilas, saber si lo que hacíamos era de verdad o sólo un espejismo. Mamá me acarició la espalda y me besó la mejilla, el cuello, la boca. Se movía apenas, lo justo para aumentar ...
    ... el placer, para rozar el clítoris con cada vaivén. Gemía en voz baja, como si guardara el orgasmo en una cajita invisible hasta que llegara el momento exacto de abrirla.
    
    Levanté el torso y me apoyé en los codos, la verga hundida hasta el fondo, el sudor bajando por la frente. Miré el rostro de Patricia, y era tan hermoso que me dieron ganas de llorar. La amaba, así, sin miedo, sin filtros, sin vergüenza.
    
    —¿Estás bien? —pregunté, y la voz se quebró un poco.
    
    —Mejor que nunca, —dijo ella, y en la mirada no había ni un rastro de mentira.
    
    Aumenté el ritmo. Cada vez que empujaba, el sonido era más húmedo, más urgente. Mamá gimió más fuerte, y de pronto, en mitad del vaivén, me abrazó la espalda y hundió la boca en mi oído.
    
    —Cuando estés cerca, avísame —susurró.
    
    Asentí, tragando saliva. El orgasmo venía en oleadas, trepando despacio por la columna, anunciándose en la base del abdomen, en el temblor de las piernas. Sabía que no iba a durar mucho.
    
    —Ya casi, —dije, y el gemido se mezcló con el aviso.
    
    Patricia me empujó suavemente hacia atrás, y con una rapidez perfecta, se puso de rodillas en la cama y tomó mi verga en la boca. Me la chupó con hambre, con precisión, tragando hasta el fondo, la lengua trabajaba en la punta, los labios sellaban el crimen. El orgasmo explotó con una violencia que casi me hizo desmayar. Patricia lo tragó todo, sin apartar la vista de mis ojos. Luego se limpió la boca con el dorso de la mano y sonrió, con una sonrisa limpia y llena ...
«12...5678»