1. La Puta del Sr. Alcalde


    Fecha: 10/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Deva Nandiny, Fuente: TodoRelatos

    ... pueblo. Son en agosto, justo a mitad de mes, cuando el calor aprieta y la gente se suelta más de lo normal. No son fiestas pomposas, ni falta que hace. Pero son nuestras. Las de siempre. Las que hemos vivido desde niñas. Las que hemos bailado, reído y moceado. Cuatro días al año en los que todo el pueblo parece despertar. Y en los que, sin saber por qué, los cuerpos se sienten un poco más vivos… y un poco más dispuestos a todo.
    
    Ese mes de agosto, como siempre, lo pasamos en el pueblo. En la casa que fue de mis suegros, esa que heredamos y que, con tanto esfuerzo, reformamos con los años. No tiene lujos, pero es cómoda. Y, sobre todo, está llena de recuerdos.
    
    Por la tarde salimos todos juntos a dar una vuelta, como se hace siempre. Paseamos por el mercadillo de camisetas y pulseras, nos tomamos algo en la terraza del bar del centro, saludamos a conocidos que solo vemos en verano. Las niñas se fueron pronto con sus amigas. Antonio se quedó charlando con su cuñado, cerveza en mano, hablando de coches o de fútbol, no lo recuerdo. Yo me alejé un poco. Necesitaba aire. O tal vez buscaba algo que no sabía poner en palabras.
    
    Cuando cayó la noche, me arreglé más de lo habitual. Me puse un vestido que me marcaba las caderas, uno que no usaba desde hacía años. Me solté el pelo. Me pinté los labios. No sé por qué lo hice. No esperaba gustarle a nadie. Ni siquiera pensaba en gustarme a mí. Solo quería... algo distinto. Algo que rompiera, aunque fuera por una noche, la monotonía ...
    ... que arrastraba sin saberlo.
    
    Y fue ahí, bajo las luces de colores de la plaza, entre canciones de los noventa y parejas bailando pegadas, donde ocurrió lo que jamás había imaginado. Antonio bailaba con Marta, nuestra hija pequeña. Almudena estaba con su pandilla, y yo, con mi cuñada, entre risas, palmas y pasos torpes.
    
    Pero, como suele pasar en estos casos, a Marta —nuestra hija pequeña— le entró pronto el sueño. Es así: más casera, más de rutinas. Apenas pasaban de las doce cuando me lo dijo, con esa vocecita dulce, ya arrastrada por el cansancio:
    
    —Mamá, ¿nos vamos ya?
    
    Dudé un instante. Miré a mi alrededor. Estábamos en una esquina de la plaza, justo frente al escenario, y la música empezaba a ponerse más animada. Antonio, que me conoce demasiado bien, me puso una mano en el hombro y dijo, con esa serenidad que lo define:
    
    —No te preocupes, Carmen. Quédate tú. Yo me llevo a Marta. Almudena está con sus amigas, así que no hay problema.
    
    Lo dijo como quien soluciona el mundo sin levantar la voz, con esa calma que a veces me desespera… y otras me salva.
    
    Le di un beso rápido en los labios y otro a Marta, que ya se frotaba los ojos como si fueran de trapo.
    
    —¿Estás seguro? —pregunté, por cumplir con mi papel de madre responsable.
    
    —Sí, mujer. Disfruta un rato. Te lo mereces.
    
    Y me lo dijo mirándome como si fuera evidente. Como si supiera, mejor que yo, qué necesitaba esa noche. No sabía cuánto me la merecía… ni lo que iba a pasar después.
    
    Me quedé sola ...
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