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La Puta del Sr. Alcalde
Fecha: 10/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Deva Nandiny, Fuente: TodoRelatos
... su mano en mi cintura, con seguridad. Y yo, casi sin pensarlo, apoyé la mía en su hombro. Los primeros pasos fueron torpes, como si mi cuerpo se estuviera desperezando. Pero luego… no. Él no era como los demás. Se movía con firmeza. Su cuerpo era grande, cálido, sólido. Me envolvía sin apretar, pero con la suficiente autoridad como para hacerme sentir suya, aunque fuera solo por esa canción. Y me miraba. Me miraba de verdad. —Tienes buen oído —dijo en un momento, inclinándose para que solo yo pudiera oírlo—. Y mejor cuerpo todavía, para seguir el ritmo… Me reí, incómoda. —Hace mucho que no bailaba —dije, intentando quitarle hierro. —No se nota. —Te mueves como una sirena en el mar —replicó, sin soltarme. No supe qué responder. En lugar de eso, me concentré en el aire fresco que empezaba a levantarse, en cómo la brisa se colaba por el escote de mi vestido y me erizaba la piel de los brazos. Me rodeó un poco más con el brazo. Y yo… no me aparté. Al otro lado de la plaza, vi a mi cuñada. Me hizo un gesto con la mano, como despidiéndose. Le devolví el saludo con un leve movimiento de cabeza. Ya era tarde. Poco a poco, la gente iba recogiendo. Algunas familias desmontaban sus sillas plegables, otros arrastraban a los niños medio dormidos. La plaza se iba vaciando, pero yo seguía allí, girando con el alcalde como si el mundo se hubiera detenido. —¿No tienes frío? —susurró, tan cerca que sentí el roce cálido de su aliento en mi oreja. —Un poco. —Si ...
... quieres, caminamos. Te acompaño un rato. No hace falta que te vayas ya. El alcalde sostenía una copa en la mano, pero no parecía borracho. Al contrario. Sus movimientos eran seguros, medidos. Hombres como Paco no se emborrachan, se imponen. —¿O si quieres echamos el último baile? —preguntó, sin más. Dudé un segundo. Pero asentí. A nuestro alrededor, la plaza empezaba a vaciarse. Vi a mi cuñada, desde lejos, haciéndome un gesto con la mano, como despidiéndose. Le sonreí, algo incómoda. El aire había cambiado. Se había levantado una brisa fresca que agitaba los banderines y me acariciaba la nuca con un escalofrío inesperado. Me cogió por la cintura como si lo hiciera cada día. Con una mano firme, segura, sin pedir permiso. Y aunque no fue descarado, su contacto me recorrió entera como un estremecimiento. No sé si fueron sus dedos o el modo en que los apoyó, justo donde empieza la curva de mis caderas. En ese punto exacto donde una mujer empieza a temblar si la tocan bien. Bailamos. Al principio, intenté mantener la distancia. Le sonreía, le seguía el ritmo… pero evitaba mirarle demasiado. Me repetía que era solo un baile. Que Antonio me esperaba en casa, acostando a Marta. Que yo era una mujer casada. Pero su cuerpo se fue acercando al mío. Poco a poco. Sin prisas. Y sus manos —Dios, sus manos— ya no estaban donde habían empezado. Habían bajado un poco. Solo un poco. Lo justo para que me preguntara si era casual. O si estaba jugando. Yo no me moví. Ni ...