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La Puta del Sr. Alcalde
Fecha: 10/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Deva Nandiny, Fuente: TodoRelatos
... con mi cuñada, apoyada en la valla de la plaza. El aire ya no era tan cálido. Había empezado a levantarse una brisa tibia, cargada del olor a vino, a sudor, a perfume barato… y a bocadillos de panceta del puesto de siempre. A un lado, los altavoces escupían pasodobles de toda la vida. A mi alrededor, parejas mayores agarradas de la cintura, algún chaval con una litrona, grupos de señoras sentadas en corro comentando a voces. Todo tan de pueblo. Todo tan familiar. Y, sin embargo, yo me sentía distinta. Como si no encajara del todo. Como si mi cuerpo estuviera hecho de otra temperatura. Fue entonces cuando lo vi. Caminaba desde el fondo, entre la gente, con ese andar suyo, firme, como si incluso el suelo le debiera algo. Alto, ancho de espaldas, la camisa remangada hasta los codos y la correa del pantalón ladeada, como si se la hubiera puesto con prisa o tras desabrocharla. El alcalde. Paco. Aunque nadie lo llama Paco. Todos le dicen "el alcalde". Incluso su madre, dicen. Cuando me vio, se detuvo un segundo. Me miró con esos ojos pequeños, un poco burlones, que parecían estudiarme sin prisa, como si ya supiera lo que había detrás de mi vestido. Se acercó despacio, con las manos en los bolsillos y el andar seguro de quien lleva años mandando sin tener que levantar la voz. —¿Sola? —preguntó, sin molestarse en saludar. —Un ratito. Antonio se ha llevado a la pequeña; estaba rendida. —Claro. Marta, ¿no? Asentí con una leve sonrisa. —¿Y Almudena? —Con las ...
... amigas. Dando vueltas por ahí, supongo. —Almudena ya está hecha una mujer; cada vez se parece más a ti. La vi el otro día bañándose en el río con su prima Vanesa y dos amigas. Mi cuñada se apartó un momento para saludar a unos conocidos, dejándonos a solas. Y él aprovechó. Me recorrió con la mirada. No de forma vulgar, pero sin disimulo. Como quien inspecciona una pieza valiosa. Como si supiera lo que estaba haciendo. Me incomodó… pero también me gustó. No recordaba la última vez que un hombre me miró así. —Estás distinta —murmuró, como al pasar. —¿Distinta? —Sí. No sé… más mujer. Será el vestido. Bajé los ojos, sin saber si reír o fruncir el ceño. El vestido era sencillo, de flores, algo ceñido. Me lo había puesto sin pensar, solo porque era fresco. Pero bajo su mirada, sentí que llevaba algo prohibido. Algo que decía más de mí de lo que yo misma sabía. —¿Te apetece que bailemos? —preguntó de golpe, con una naturalidad tan desarmante que ni parecía una propuesta. Me reí, negando con la cabeza. —Lo siento, pero hace siglos que no bailo. —¡Vamos, mujer! Eso nunca se olvida. Y sin esperar más, me tomó de la mano. Con firmeza. Con esa forma de tocar que no pregunta. No sé por qué acepté. Tal vez porque me había quedado sola. Tal vez porque me hablaba sin rodeos. O tal vez porque en el fondo, muy en el fondo, yo también lo estaba buscando. Me guió hacia el centro de la plaza, donde algunas parejas mayores se mecían al ritmo de un bolero. Puso ...