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La Puta del Sr. Alcalde
Fecha: 10/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Deva Nandiny, Fuente: TodoRelatos
... empezaba a marcharse, arropándose con chaquetas o buscando el camino de vuelta. Pero nosotros nos quedamos. Un poco más. Como si ninguno de los dos quisiera que ese momento terminara. —¿Te acompaño? —preguntó Paco, con esa voz suya, ronca y pausada. Asentí. Ni siquiera lo pensé. Supongo que estaba cansada, o aturdida, o simplemente no quería volver sola. Me pareció lo más natural del mundo. Pero en vez de tomar el camino corto, el que todos usaban para volver a casa, doblamos hacia la calle de atrás. Fue como si nuestros pies lo decidieran por nosotros. No fue algo pactado ni premeditado. Simplemente… lo hicimos. Íbamos caminando despacio, en silencio. El pueblo dormía ya, y nuestras pisadas resonaban sobre los adoquines con una nitidez casi dolorosa. Me crucé de brazos, más por pudor que por frío, y él caminaba a mi lado, con las manos en los bolsillos, como si estuviéramos en otra época. Como si fuéramos otros. —Ven aquí —dijo, pasándome un brazo por los hombros sin pedir permiso, como si fuera lo más natural del mundo—. Estás helada. —Estoy bien —mentí. Pero no me solté. Su cuerpo era grande. Inmenso. No solo por la altura o la anchura de sus hombros, sino por esa manera de estar, de ocupar el espacio. Paco no caminaba: avanzaba como si el mundo fuera suyo. Me sentí pequeña a su lado. Y extrañamente protegida. No era como Antonio. Mi marido apenas me saca unos centímetros. Paco, en cambio, me envolvía entera sin necesidad de tocarme. Antonio era ...
... correcto. Suave. Medido. Un hombre de rutinas y silencios cómodos. Paco, en cambio, tenía algo crudo, algo que no se disimulaba. Era un hombre sin adornos, sin filtros, sin disculpas. Y esa noche… tampoco parecía tener prisa. —Tendrías que haber traído una chaqueta —dijo con voz grave—. O haberme dejado abrigarte en condiciones. Su mano bajó un poco más por mi espalda, rozando la cintura, buscando ya las caderas. La excusa del frío le venía perfecta. Pero no me aparté. Me quedé ahí, caminando despacio, oyendo el repiqueteo de mis tacones sobre el asfalto, como si mis pasos me delataran. Y sintiendo cómo el cuerpo me respondía con una ansiedad que no conocía. —¿Siempre caminas así? —preguntó con una media sonrisa, ladeando la cabeza—. ¿O es que no quieres llegar? Me giré para mirarle. Sus ojos eran intensos, oscuros, de los que no se apartan. Me observaban como si ya me hubieran visto desnuda. —Me gusta pasear —dije, bajando un poco la voz. Pero era mentira. No quería pasear. Quería alargar el momento. Quería que no acabara. Quería que me dijera algo más. —A mí me gustas tú —soltó él. Y su brazo me apretó un poco más, como si pudiera encerrarme ahí, bajo su calor, bajo su deseo. El pueblo estaba en silencio. Apenas unas luces en las casas más cercanas. El aire olía a tierra y a fiesta apagada. No se oía más que nuestros pasos. Y mi respiración, que ya empezaba a entrecortarse. —Siempre fuiste la más guapa del pueblo —añadió, sin mirarme esta vez—. Pero ...