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La Puta del Sr. Alcalde
Fecha: 10/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Deva Nandiny, Fuente: TodoRelatos
... ansiedad que no conocía. —¿Siempre caminas así? —preguntó con una media sonrisa, ladeando la cabeza—. ¿O es que no quieres llegar? Me giré para mirarle. Sus ojos eran intensos, oscuros, de los que no se apartan. Me observaban como si ya me hubieran visto desnuda. —Me gusta pasear —dije, bajando un poco la voz. Pero era mentira. No quería pasear. Quería alargar el momento. Quería que no acabara. Quería que me dijera algo más. —A mí me gustas tú —soltó él. Y su brazo me apretó un poco más, como si pudiera encerrarme ahí, bajo su calor, bajo su deseo. El pueblo estaba en silencio. Apenas unas luces en las casas más cercanas. El aire olía a tierra y a fiesta apagada. No se oía más que nuestros pasos. Y mi respiración, que ya empezaba a entrecortarse. —Siempre fuiste la más guapa del pueblo —añadió, sin mirarme esta vez—. Pero ahora… ahora estás que te sales de buena. Eres un mujerón. De los que dan ganas de morder. De los que se follan con hambre. Con ganas. Con las manos llenas. No supe qué decir. Pero tampoco quería interrumpirle. Sentía ese calor denso, naciendo en la boca del estómago y bajando. Apretándome por dentro. Años. Años sin sentirme así. Y entonces, su mano. La que hasta hacía nada era protectora. Cálida. Amable. Se volvió otra cosa. Descarada. Posesiva. Se apoyó sobre mi cadera. Pero no se quedó ahí. Bajó, acarició y rozó. Y yo no la detuve. Me acerqué más a él. No porque hiciera frío. Sino porque quería sentirle. Porque quería ...
... notar cómo su cuerpo se pegaba al mío. Cómo me apretaba sin pedir permiso. —Siempre me pregunté —murmuró él— cómo sería follarte. Se me escapó una carcajada. No de burla. De nervios. De sorpresa. De excitación. —¡Ay, Paco! —protesté, sin ganas de protestar—. ¿Tú siempre hablas así? —No, mujer. Solo cuando tengo ganas. Y esta noche… tengo muchas. Se detuvo. Me obligó a pararme con él. Me giró. Me puso frente a él, con las dos manos en mis caderas. Estábamos junto a una tapia, frente a una casa en penumbra. —¿Y tú? —me preguntó, bajando la voz, como si fuera un secreto—. ¿Tienes ganas? ¿O solo frío? Me mordí el labio. Tenía miedo. Sí. Pero también tenía algo más. Una locura tibia que me vibraba entre las piernas. Una especie de vértigo que me erizaba la piel por dentro. —¿Sabes qué pienso? —continuó, con una media sonrisa—. Que tu marido no te la clava, que te deja a medias. Que tú, con esa cara de cachonda que siempre has tenido, Carmen… estás hecha para que te follen bien. Para qué te corras gritando, no con silencios. Reí. Pero no por escándalo. Reí porque me lo estaba imaginando. Me imaginé sudando. Gimiendo. Mordiéndome la lengua para no suplicar. Y no era Antonio el que me lo hacía. Era él. —Y supongo que tú eres ese hombre… —Le dije con media sonrisa—. El que hace que las mujeres casadas sepamos lo que es el sexo de verdad, ¿no? Paco soltó una carcajada ronca, de esas que le nacen del pecho. —De buen gusto lo haría. Desde que te vi ...