1. Albast.Capítulo 21


    Fecha: 11/08/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: Alex Blame, Fuente: TodoRelatos

    ... puntería con las metralletas Sten y con el rifle de francotirador.
    
    Acababa de dejar el rifle apoyado contra la pared, cuando la joven salió de la ducha con el pelo mojado y una toalla que le llegaba hasta medio muslo por toda indumentaria. Ignorando las miradas de una docena de hombres, se acercó a la litera y cogió unas bragas de su baúl.
    
    —Me encanta la suavidad de la seda. Las he comprado en Harrods. ¿Sabías qué era el material capturado a los alemanes más cotizado entre nosotras? —preguntó a Douglas mientras acariciaba la prenda con sus manos de dedos ásperos, pero esbeltos— Cuando un aparato alemán es alcanzado, todas las campesinas se lanzan tras las pequeñas motas blancas que caen ingrávidas del cielo. Si el piloto alemán no es lo suficientemente ágil o resultaba herido en la acción, lo matan sin misericordia; lo hacen por sus hijos y sus padres muertos, por sus casas destruidas, sus animales y sus campos destrozados, pero si logra escapar, no lo persiguen, se lo dejan a los comisarios. Los nazis dejan algo más valioso para ellas que la vida de una alimaña... la seda de los paracaídas. Con ella una joven campesina puede hacerse la ropa interior de una reina.
    
    —¿De veras? —se interesó Douglas por la historia mientras apartaba la vista para que ella pudiese ponerse la ropa interior.
    
    A pesar de que no quería hacerlo, por el rabillo del ojo pudo vislumbrar a Nadia de espaldas antes de ponerse el uniforme. Solo fue un instante, pero su cuerpo esbelto, de piel ...
    ... cremosa, cuajado de lunares y el culo grande y turgente, se le quedaron grabados a fuego en sus retinas.
    
    La joven espía se sentó a su lado en la litera, para ponerse unos calcetines de lana. Douglas se giró y la miró largamente a los ojos. Aquellos icebergs parecieron derretirse durante un instante, pero ella mantuvo su rostro hierático. Para Douglas, acostumbrado a las mujeres americanas, más expansivas y coquetas, Nadia lo mantenía descolocado. Aquella actitud, que debería disuadirle, no hacía otra cosa que aumentar aun más su interés.
    
    —¿Muy cansado? —preguntó ella sentándose de nuevo a su lado.
    
    —En realidad no. Es el primer día desde que llegué, en el que no siento como si una manada de búfalos hubiese pasado por encima de mí. —respondió él con una sonrisa.
    
    —Estuviste en Alemania antes de la guerra.
    
    —En efecto. Participé en los juegos olímpicos del treinta y seis. Los nazis no me gustaron nada, pero el país me encantó. Me ofrecieron quedarme en la embajada...
    
    Nadia lo miró y sonrió, poniendo una mueca en plan "tú a mí no me la pegas", pero no hizo ningún comentario.
    
    —¿Cómo eran los alemanes antes de la guerra? —preguntó ella.
    
    —No sé. Supongo que a mí me parecían normales. Cuando trataba con ellos sobre algún asunto de la embajada, me trataban con normalidad. —contestó Douglas— No se notaba ningún tipo de animadversión hacia los americanos, ni siquiera a los de origen judío. Supongo que, si mi experiencia se hubiese limitado a los contactos oficiales, no ...