1. LNE (11). Ungüento de colibrí


    Fecha: 12/08/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos

    ... tiempo.
    
    Se miraron.
    
    Y entonces se besaron.
    
    Fue un beso suave, inesperadamente largo, con sabor a incienso y mandarina. Luego, como si nada, Lluvia se levantó y habló con la misma voz dulce y sugerente que empleaba con los niños.
    
    —Tengo que ir a un taller sobre sanar conflictos intergeneracionales con plegarias gnósticas. ¿Vienes?
    
    —Obviamente.
    
    ***
    
    El taller de decoración de manuscritos medievales tuvo lugar en el scriptorium, un anexo a la biblioteca inundado de luz, resonancias místicas y ecos sobrenaturales. Las reglas estaban claras. No sé podía usar purpurina. No representar animales fantásticos sin consentimiento simbólico. Y no esnifar el polvo de oro.
    
    Eduardo no quería estar allí. Lo había dejado claro. Su talento era la ironía, no el silencio. Pero algo en aquella sala rebosante de luz blanca, con estanterías de madera y olor a papel y humedad secular, le tocó dentro.
    
    —Este códice está… mal iluminado —murmuró, hojeando un manuscrito del siglo XI.
    
    La hermana Nabucodonosora , conservadora de los pergaminos, asintió, quitándose las gafas por un momento.
    
    -¿Cómo dice?
    
    -Los colores. Están mal. La superposición de simbolismos duales resulta confusa y arbitraria. Ningún monje que se precie haría algo así.
    
    —Pocos pueden ver eso. Se trata de un códice coloreado por Daltonius, el famoso miniaturista ciego que coloreaba por el tacto.
    
    Eduardo, sin saber por qué, pidió pinceles y pigmentos. Lo siguiente fue un trance místico. Empezó a ...
    ... iluminar el manuscrito con una precisión milimétrica, bordando dragones enroscados, miniaturas de mártires bailando reguetón medieval y diagramas lógicos sobre la estupidez humana.
    
    —Nunca me sentí más cerca de Dios —dijo él, mientras pintaba a san Agustín con gafas de sol
    
    —Tú eres una herramienta de Dios ahora —susurró Nabucodonosora, ajustándose las gafas y admirando su técnica.
    
    —Eso explica muchas cosas – dijo Eduardo, para sí.
    
    Se corrió la voz por el monasterio, y algunos curiosos se acercaron a contemplar el prodigio.
    
    —Mira, Lluvia —dijo Eduardo levantando un folio con un Cristo psicodélico montado en un dragón que tocaba la lira—. Me he inspirado en el Apocalipsis y un disco de King Crimson.
    
    —Es… técnicamente impecable —respondió ella, un poco turbada—. ¿Cómo lo has hecho tan rápido?
    
    —Entré en trance escuchando a Enya y comiendo nueces con cúrcuma. Lo demás fue dictado. Por Dios. Creo. Espero.
    
    A lo largo de la tarde, Eduardo se fue aislando más y más. Nadie lo vio en la merienda consciente. Ni en la dinámica de perdón espontáneo. Alguien dijo que se había quedado “escribiendo visiones”.
    
    A las siete, cuando la hermana Malgorzata fue a apagar los radiadores, le encontró arrodillado ante un gigantesco manuscrito desplegado sobre una mesa. Era un beato de setenta páginas que había iluminado en apenas unas horas, sin ayuda, sin plantillas y, aparentemente, sin parpadear.
    
    En él, había ángeles con coderas, vírgenes góticas con fustas y auriculares, y un ...
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