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LNE (11). Ungüento de colibrí
Fecha: 12/08/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Schizoid, Fuente: TodoRelatos
... incienso”, “esto es un secuestro con infusiones”, “menos metáforas y más comida”) aparecieron en la pared de refectorio a la hora de la merienda. Alguien orinó en el círculo de piedras sagradas que Lluvia había construido en el jardín del claustro La armonía murió allí mismo, envuelta en cáñamo orgánico. La dirección del monasterio decidió permitir las conversaciones para evitar males mayores. *** Aquella noche, César vagaba por el pasillo del ala este, buscando un enchufe para el móvil o una razón para no fingir su muerte. No encontró ni lo uno ni lo otro, pero la puerta del baño seco estaba abierta. Y la curiosidad —esa perra perezosa— le empujó a mirar. Allí estaba Cristina. Agachada sobre el cubo de serrín, con cara de “sí, me has pillado, pero finge que esto es normal”. César ahogó un grito. Luego una risa. —¿Meditas sentada sobre compost ahora? —¿Estamos ya en ese nivel de confianza? ¿Me vas a mirar mientras cago y me hablas de nuestras emociones? Él cerró la puerta tras de sí. El pestillo hizo clic. Una confidencia. Ella se incorporó con una lentitud casi dramática. Llevaba un camisón blanco, tan fino como el papel con el que envuelven pasteles caros. Y nada más. —De todos modos estaba algo… atascada. ¿Esto cuenta como una nueva perversión tuya o va en la categoría de “confesiones postcoloniales”? —Estoy explorando nuevos géneros. —No me jodas. —A eso venía, en realidad. Risas nerviosas. Un paso en falso. El cubo volcó con ...
... un sonido sórdido, pero no letal. Se besaron como quien rompe una huelga de monjes. —Esto no está bien —murmuró él. —Por eso funciona. Cristina se volvió de espaldas, apoyando las manos en la pared de piedra, con una naturalidad insultante. César tragó saliva. Se acercó. Bajó el camisón. El suelo crujía como si protestara por todo. El aire olía a madera, a incienso barato y a decisiones cuestionables. Las primeras caricias fueron lentas. Como si intentaran recordar sus cuerpos de otra vida. Él le besó la nuca. Ella respondió con un suspiro que sonaba a pecado fiscal. Cuando la penetró, fue con la lentitud medida de quien no quiere romper el karma. Su coño lo recibió como una queja prolongada y caliente. Cada embestida era una negociación entre deseo y sentido común, con ventajas para el deseo. —Ssshh… —susurró él, pegado a su oído—. Aquí hasta los gemidos son meditación. Cristina sonrió. Pequeño gesto. Gran incendio. Se dejaron llevar por un ritmo sin prisa, sin urgencia, como si tuvieran toda la vida antes del juicio final. El placer no era brutal ni urgente. Era denso, sostenido, como si se respirara en incienso líquido. Hasta que ella empezó a temblar. Solo un poco. Como quien intuye una revelación. No necesitó gritar. Solo una sacudida breve. Una sonrisa. Un jadeo suave como tela mojada. —Uff… no… te corras dentro… César asintió con un gruñido, se retiró justo a tiempo y descargó en su espalda, como quien bendice un altar pagano ...