-
Bienvenidos a su nuevo hogar (INICIO)
Fecha: 17/08/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
Nota del autor: Qué tal. He resubido este relato, haciendo una pequeña antología de los primeros tres capítulos, pues noté que eran especialmente breves (algo que no vi mientras los escribía), así que todos publicados a la vez podrán ofrecer una mejor experiencia. Espero la disfruten, saludos. Capítulo 1: La mudanza había sido una operación quirúrgica—rápida, sucia, y con el mismo aire de tragedia fingida que una amputación menor. Ni Luis ni Susana hablaban demasiado mientras subían las cajas hasta el apartamento 3-B, rehusando mirarse a los ojos más de lo estrictamente necesario. Era el tipo de silencio que se endurece en el aire y se te pega en la lengua, haciéndote sentir culpable incluso por el sonido de tus propios pasos. La vecina de enfrente los miró con una mezcla de lástima y resentimiento, como si sospechara que ellos eran la razón de su propia desdicha. Luis le sonrió con un gesto flojo, sin saber si se esperaba cortesía o una disculpa. El ascensor rechinó como si quisiera sacudirse a los dos intrusos antes de dejarse llevar al tercer piso. Ya adentro, Susana dejó caer la última caja sobre la alfombra. El apartamento era más pequeño que la casa donde vivían, pero tenía más luz. —Creo que esto es todo —dijo Susana. Luis asintió y se dejó caer en el sofá. Llevaba semanas durmiendo mal y comiendo peor. Notó que su madre lo miraba de reojo, como si quisiera decirle algo que no encontraba dónde poner. —¿Quieres una Coca? —ofreció ella, ...
... escapando al mínimo pretexto. —Gracias. El apartamento todavía tenía ese olor a pintura fresca mezclado con polvo viejo, como si el tiempo hubiera decidido no entrar hasta que ellos aprendieran a estar ahí juntos. Luis observó los detalles: el marco pelado de la puerta, la mesa coja, la pila de cajas apiladas como cadáveres de un pasado reciente. En la esquina, el televisor reposaba como un tumor mudo, incapaz de anestesiar nada hasta que hubiera señal de cable. Escuchó a su madre moviéndose en la cocina, los pasos decididos de siempre, la rutina de abrir y cerrar gavetas, de buscar vasos que no estaban en el lugar esperado. Luis se levantó y la siguió, con la botella fría en la mano. Encontró a Susana luchando con el empaque de una bolsa de pan, la frente arrugada de concentración y los labios apretados en esa línea delgada que siempre anticipaba una pequeña tragedia. —¿Te ayudo? —preguntó Luis, sabiendo que no había nada que pudiera hacer. —Ya casi… —susurró ella, y el “casi” duró tres intentos más hasta que la bolsa cedió. Luego rieron los dos, brevemente, como si hubieran derrotado juntos un enemigo diminuto. Por un momento, la escena fue casi normal. Madre e hijo, un pan y una Coca, la luz naranja de la tarde estirándose por las baldosas. Pero entonces Susana miró hacia el pasillo y frunció el ceño, perpleja. —Oye, ¿ya viste que no hay puertas adentro? —preguntó, señalando el umbral vacío que debía conducir al baño. Luis dejó la botella sobre la mesa y ...