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Bienvenidos a su nuevo hogar (INICIO)
Fecha: 17/08/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... importaba. El pene, semi erecto, colgaba pero con un pulso de anticipación, como una serpiente acechando. Luis caminó hasta el marco del cuarto, donde ella estaba sentada frente al tocador, acomodando frascos de perfume y tubos de crema facial. Tenía puesta una bata corta de algodón, azul celeste, que se pegaba a las curvas y dejaba entrever la forma exacta de su espalda y las nalgas. El cabello estaba recogido en un chongo improvisado. Luis estaba al punto del colapso, como el criminal que camina dentro del banco con la pistola mal guardada en el pantalón. Sólo que Luis no estaba armado, estaba en la posición más vulnerable que jamás se pudo imaginar. Y eso lo excitaba y aterraba a partes iguales. —¿Qué quieres para almorzar? —preguntó Luis, tratando de que la voz le saliera normal. Susana no giró de inmediato. Siguió acomodando sus cosas y, con un tono cansado, respondió: —Lo que sea, hijo. Lo que sea fácil. Pero entonces, como si sintiera la electricidad detrás de ella, alzó la cabeza y buscó a su hijo en el espejo del tocador. La mirada fue directa al rostro, pero luego bajó. Primero al pecho, luego al abdomen, y finalmente al sexo de él, que pendía desnudo, tenso y vulnerable. Los ojos de la madre se agrandaron apenas un instante, pero lo suficiente para que Luis lo notara. Hubo un silencio espeso. —¿Estás bien? —preguntó ella, con la voz más aguda de lo habitual. Luis se encogió de hombros, fingiendo un desinterés que no sentía. —Sí. ...
... Nada más que… pues ya ves, aquí no hay puertas. Igual y mejor acostumbrarnos, ¿no? La frase quedó colgando en el aire, acompañada por la respiración de ambos. Luis sintió que el corazón se le desbocaba, que la sangre golpeaba en las sienes y en el glande. Por un segundo, pensó que Susana iba a gritarle o regañarlo. Pero no. Sólo lo miró, primero en el espejo y luego girando apenas el cuerpo, hasta que quedó de medio perfil, los pechos asomando por el escote de la bata. —Bueno —dijo, tras un segundo que pareció eterno—, pero si vas a andar así, al menos ponte chanclas. El piso está helado. Luis sintió que todo el cuerpo se le aflojaba de golpe, y casi se rió. Se quedó parado, dejando que la madre lo mirara bien. Sabía que había impresionado a su madre, que la había impactado, y ese poder era embriagador. —¿De verdad no quieres nada especial de comer? —insistió, como si la conversación fuera perfectamente normal. —Haz unos sandwiches si quieres —dijo Susana, quien de verdad se esforzaba por sonar natural, pero ese sobre esfuerzo mismo era lo que la delataba, y luego se volvió a su tocador. Pero, en vez de reanudar el ritual, se quedó mirando sus propias manos, como si acabara de tocar un material radiactivo. Luis se fue a la cocina, el pulso aún acelerado. Sacó el pan y la mayonesa, pero no podía dejar de pensar en la mirada de su madre, en el modo en que había recorrido todo su cuerpo antes de regresar a los ojos. Se sentía victorioso y, al mismo tiempo, ...