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El apodo secreto
Fecha: 20/08/2026, Categorías: Hetero Incesto Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... lo pidió con esa forma suya de hablar que hace que cualquier cosa suene bonita. Mientras hablábamos de tonterías —el colegio del niño, el trancón, un libro que tenía a medias—, nos coqueteábamos sin disimular demasiado. Yo no podía dejar de ver sus labios. Pequeños, pero provocadores. Y sentía que ella también me miraba los míos, como si quisiera adelantarse a algo que todavía no había pasado. El ambiente estaba cargado. Como esa electricidad antes de una tormenta. Me sentía como en un sueño del que no quería despertar, pero sabiendo que lo estaba soñando con los ojos abiertos. —¿Estás bien? —me preguntó, con esa sonrisa que parece que te estuviera tocando. —Sí —le dije—. Solo trato de guardar este momento. No dijo nada. Solo bajó la mirada y dibujó un círculo en el vaso con el dedo. Como si escribiera algo solo para mí. Nos miramos. Silencio cómodo. Pero en el fondo, se sentía como si algo estuviera a punto de estallar. —¿Sabes? —dijo—, siempre me ha fascinado cómo los hombres se pierden en los detalles. Como si las palabras taparan lo que de verdad quieren decir. Me la dejó picando. —¿Y tú cómo sabes tanto? —le dije, sonriendo. Ella tomó un sorbo de jugo con una calma que parecía ensayada. Su cara tenía ese brillo suave que dan las luces cálidas, pero sus labios… sus labios me tenían jodido. —Porque las mujeres no necesitamos hablar tanto —me respondió—. A veces basta un roce, un suspiro… una mirada. Eso es todo lo que se necesita para ...
... encender algo. Me recorrió un escalofrío. Y ella lo notó, claro que sí. Le brillaban los ojos como si se divirtiera viendo cómo me desarmaba. —¿Nunca te ha pasado que las palabras sobran? —preguntó, y su voz era casi un susurro. Sabíamos los dos que estábamos al borde de algo. Lo sentíamos. Esa tensión rica, densa. —Nunca lo había pensado —le dije, ya medio ido por todo lo que estaba pasando. Y sin decir más, se inclinó un poco hacia mí. Su perfume me rodeó y me mareó, pero de la mejor forma. Me tocó la mano con la punta de los dedos, casi sin querer, y ese toque bastó para entender todo. Ya no era solo un juego. Era real. Éramos novios sin necesidad de decirlo. Nadie lo había dicho en voz alta, ni ella ni yo, pero los dos lo sabíamos. Habíamos hablado tanto, compartido tanto, que la confianza ya se sentía como una casa donde los dos vivíamos sin habernos mudado del todo. O si se quiere decir de otra manera, hasta antes de ese día lo único que nos unía era la amistad profunda que habíamos construido. De esas que no necesitan maquillaje ni excusas. Pero ese día… ese maldito y bendito día, algo cambió. Ya no era solo amistad. Ya no era solo ese juego de miradas y palabras. Era otra cosa. Algo que se colaba entre nosotros sin pedir permiso. Desde ese momento, ya podíamos ser algo más. Y fue entonces cuando, como si nada, ella empezó a contarme una historia. Dijo que la había encontrado en el computador de su casa, señalándome a su hijo sin que él se ...