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El apodo secreto
Fecha: 20/08/2026, Categorías: Hetero Incesto Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... sentí frío. Ella tomó a su hijo de la mano, y con la otra me tocó el brazo, como al pasar. Un gesto simple, pero que me bastó para saber: la noche apenas estaba comenzando. Llegamos a su casa y me abrió la puerta con esa mezcla suya de confianza y ternura que siempre me dejaba desarmado. —Ponte cómodo —me dijo, mientras cerraba la puerta detrás de nosotros. Me senté en el sofá de la sala, ese que ya conocía de tantas videollamadas. Todo me resultaba familiar, pero distinto. Más real. Más cargado. La luz cálida, el aroma a incienso suave mezclado con algo que solo podía ser su olor. La alfombra gastada en un borde, el cuadro torcido sobre la repisa, el cojín que siempre se le caía. Era su casa, su mundo. Y ahora yo estaba ahí, en carne viva. Su hijo entró directo a su habitación. Ni preguntó. Ya sabía la dinámica. Lira le dio un beso en la cabeza, le dijo algo al oído que no alcancé a oír, y luego volvió hacia mí. —Espérame un momentico… me voy a poner algo más cómodo. Y se fue por el pasillo, descalza, con pasos tranquilos pero con una cadencia que no podía ignorar. La casa, de repente, se volvió un escenario. El sofá, mi puesto de espectador privilegiado. Todo estaba en pausa. El aire era denso, como si la casa misma supiera lo que estaba a punto de pasar. Me recosté un poco, respiré hondo, y traté de calmar los nervios. Escuché sus pasos antes de verla. Lentos, suaves, con esa cadencia que tiene una mujer cuando sabe que la están ...
... esperando. Y entonces salió. Tenía puesta solo una tanga negra —mínima, descarada— y nada más. Las tetas al aire, sin sostén, sin vergüenza. Como si así caminara todos los días por su casa, como si no fuera gran cosa. Pero era. Sus pezones se marcaban por el ligero cambio de temperatura, y yo no podía dejar de mirarla. No solo por cómo se veía, sino por cómo se plantaba frente a mí, tan segura, tan suya. Me miró como si nada. Como si no estuviera semidesnuda. Como si mis ganas fueran parte del mobiliario. Y yo, ahí sentado, con las manos quietas pero la cabeza hecha un incendio, no supe si tragar saliva o pararme de una vez. Lira se acercó sin decir una palabra. Despacio, como si cada paso marcara el ritmo de algo inevitable. Y sin pensarlo demasiado —sin pedirme permiso, sin dudar—, se inclinó, su rostro a escasos centímetros del mío puso su mano sobre mi pene. Así, de frente. Natural. Como si fuera lo más lógico del mundo. Como si lo hubiera estado esperando tanto como yo. El tacto fue firme, seguro, directo. Y sentí cómo el cuerpo entero me respondía al instante, como si esa sola caricia hubiera encendido una mecha que ya venía ardiendo desde la cena. Nos besamos. Intensamente. Como si todo lo que habíamos callado hasta ahora hubiera decidido salir de golpe por la boca. Me puse de pie sin soltarla, nuestras bocas aún enganchadas, nuestras manos ya sin miedo. La fui guiando, casi sin pensarlo, hacia su habitación. Cada paso era un roce, un ...