1. Absolución


    Fecha: 20/08/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Autor: Akhanta, Fuente: TodoRelatos

    ... condenan. En este caso, creo que la única perjudicada eres tú, pues pasado ese breve momento de euforia, ¿qué te queda? ¿Notas alguna mejoría salvo haber apagado un fuego efímero?
    
    -No, tiene razón, Padre.
    
    -No es un crimen contra Dios, pero sí contra ti misma, pues no te deja evolucionar. Siento ser el detonante de tu desasosiego, pero creo que puedes superarlo con un mínimo esfuerzo.
    
    -Gracias, Padre.
    
    -Reza, hija, y cuando la tentación te envuelva piensa en otro tipo de actividades para encauzar esa energía. Poco a poco dejarás de sentir esa pulsión que tanto te pesa.
    
    -Lo haré, Padre.
    
    Él le dio la absolución y ella salió sin mirar atrás al calor del verano en la calle. Y al calor de su sangre, en ebullición. No se había liberado en absoluto, más bien al revés. Pero tenía que salir de allí.
    
    Sucumbió a su tentación en la ducha. Sus dedos encontraron lo que buscaban, se metieron apenas un centímetro y salieron para acariciar el clítoris mientras imaginaba que la mano era de él. Casi podía sentir sus labios en el cuello, y su dureza acomodándose entre sus nalgas mientras la masturbaba. Tenía los pezones tan duros que le dolían, y siguió acariciándose hasta que sintió la pierna izquierda flaqueando. Entonces se metió dos dedos, los sacó, los volvió a meter… En su ensoñación él la penetraba una y otra vez, llenándola cada vez más sin dejar de besarla y de tocar su cuerpo. Le oía jadear en su oído, sentía su pelo mojado junto a su cara mientras empujaba cada vez ...
    ... más fuerte. Le oía pedir perdón a Dios por traicionarle mientras la follaba sin descanso. Imaginaba la mano libre de él subir a su boca y se lamió los labios, imaginando cada dedo como si también la estuviera follando con ellos, acelerando su excitación y logrando un orgasmo exquisito que la dejó exhausta… pero triste. Su fantasía desapareció. Y ella seguía necesitándole.
    
    Lo que no sabía, lo que jamás hubiera imaginado, era que mientras él la confesaba se odiaba a sí mismo… por hipócrita. Pues mientras por una parte sentía compasión por ella, por otra la deseaba igual que ella a él. Pero no podía hacer nada. Y allí estaba él, dándole consejos, mientras se moría por conocer las fantasías de ella y averiguar si se parecían a las suyas. A las que también le atormentaban cada vez que la veía y la oía por el pueblo o la iglesia. Cuando ella le confirmó que se masturbaba pensando en él, sintió que se le empezaba a endurecer el membro; podía haber acabado con la tentación allí mismo, simplemente cediendo a ella. Podía haberla liberado, si hubiera tenido el valor de reconocerlo ante ella, ya que no ante Dios; a Él no podía engañarle. Pero no. Tuvo que callar, aguantar la erección como pudo y dejarla ir, quedándose insatisfecho y culpable.
    
    Si ella hubiera sabido que cuando entraba en la iglesia él captaba su olor, y sólo ese aroma le turbaba como ninguna otra cosa; que era lo único que le hacía zozobrar en sus convicciones morales, lo único que necesitaba para sentirse perdido y ...
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