1. Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno


    Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... explorar Palma, conocer la isla, adaptarnos a nuestro nuevo hogar temporal. Pero primero, necesitaba una ducha. El viaje había sido largo y pegajoso, y mi piel pedía a gritos el agua fresca.
    
    El baño funcionaba perfectamente, tengo que admitirlo. Era moderno, limpio, con azulejos blancos y azules que le daban un toque mediterráneo encantador.
    
    Me desvestí lentamente frente al espejo del baño, con la satisfacción de una mujer que sabe lo que ve.
    
    Mi rutina matutina en Hamburgo había valido la pena. Cada día: una hora de natación en la piscina municipal, seguida de quince minutos exactos en una cabina de bronceado artificial. Un pequeño capricho que me permitía, porque a los setenta y un años una tiene derecho a algunos lujos ridículos.
    
    Y había funcionado.
    
    El cuerpo que me devolvía la mirada tenía un bronceado dorado perfecto. Sin marcas. Sin descuidos. Puro profesionalismo alemán aplicado al cuidado personal.
    
    Me deshice la coleta y mi cabello blanco cayó como una cascada sobre mis hombros. Inmediatamente me vi diferente. Más salvaje. Como si acabara de levantarme de la cama después de una noche memorable.
    
    «Frieda Meyer», me dije, admirando mi reflejo, «podrías ser modelo de lencería para la tercera edad».
    
    No exageraba. Setenta y un años, sí. Pero músculos tonificados donde debían estar. Curvas en los lugares correctos. La piel tal vez un poco más... relajada de lo que había sido a los cuarenta, pero firme. Digna.
    
    Definitivamente digna.
    
    «Aún tengo ...
    ... buen tipo», pensé, girándome para ver mi perfil. «Muy buen tipo».
    
    Las mujeres de mi edad que se dejaban ir no sabían lo que se perdían. Yo había decidido hace tiempo que envejecer no significaba rendirse.
    
    Y los resultados hablaban por sí mismos.
    
    El agua fría me devolvió a la vida. Cerré los ojos y dejé que corriera por mi cuerpo, lavando el cansancio del viaje y las preocupaciones sobre la casa. «Esto va a funcionar», me dije. «Tal vez no sea perfecto, pero va a funcionar».
    
    Fue entonces cuando sonó mi teléfono.
    
    Salí de la ducha, me envolví en una toalla y corrí a contestar, dejando un rastro de gotas por el suelo de terracota.
    
    —¿Diga?
    
    —Moi Moi, Omi!!!(¡Hola abuelita!)
    
    La voz de Udo me atravesó como un rayo de sol travieso y no pude evitar sonreír como una adolescente pillada en falta. Mi nieto de veintiún años recién cumplidos —el tesoro viviente de mi difunto hijo mayor— era mi perdición absoluta y lo sabía perfectamente el muy canalla.
    
    Me lo imaginaba al otro lado del teléfono: ya sin esa torpeza adorable de los diecisiete, convertido en una versión mejorada de pura tentación masculina. Seguramente estaría ahí plantado con esa nueva seguridad que le sentaba como un traje a medida, luciendo esos ojos verdes que había cazado directamente del arsenal de seducción de su abuelo. Y esa sonrisa... ¡Dios santo! Esa sonrisa era un arma de destrucción masiva capaz de derretir glaciares y desarmar a cualquier mujer con dos dedos de frente, sin importar si tenía ...
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