1. Cogidita de la Mano


    Fecha: 19/09/2026, Categorías: Hetero Voyerismo Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    Maribel llegó a Bogotá con una hija pequeña y la promesa de empezar de nuevo. A su llegada, en el hotel donde consiguió trabajo como guardia nocturna subía a la terraza del hotel a admirar las estrellas, lo hacía en topless. Era su ritual secreto de libertad, una tregua entre la piel y el mundo. Allí se sentía invencible. En la terraza, todo parecía quieto. Casi seguro.
    
    Doce pisos arriba, podía ver el movimiento torpe de la ciudad —los vendedores, los buses, los rostros sin prisa—, pero allá arriba el tiempo era otro. A ella le habría encantado meterse al jacuzzi de la terraza del hotel, dejar que el agua caliente se le escurriera por el cuerpo, pero no le era permitido. A las empleadas se les prohibía usar las instalaciones del hotel.
    
    Aunque eso nunca la detuvo del todo.
    
    Durante el día, Maribel cumplía funciones mínimas. Pero su verdadero turno empezaba cuando caía la noche: era la guardia nocturna. Y en las noches, el hotel era otra cosa. Silencioso. Vasto. Casi detenido. Eso le daba el tiempo que tanto valoraba para subir a la terraza, encender un cigarrillo en secreto, desnudarse y quedarse mirando las estrellas como si fueran una promesa.
    
    Vivía en uno de los cuartos del último piso, cedido por el administrador como parte del contrato. Compartía ese espacio con su hija, una niña silenciosa que entendía —más por intuición que por palabras— que esa vida prestada no podía desordenarse. Allí todo era pequeño: una cama de hierro, un armario que no cerraba bien, y ...
    ... una alfombra peluda donde la niña se sentaba a jugar en las tardes.
    
    La brisa de la noche era cálida, pero en la terraza del piso doce se sentía una calma extraña, como si el aire no se moviera del todo. Maribel miraba las estrellas en silencio, con los codos sobre la baranda, los pezones erectos por el frio y un cigarrillo a medio terminar entre los dedos. Emma, sentada en cuclillas cerca de la rejilla de ventilación, jugaba con una piedra que había encontrado en la jardinera rota.
    
    No hablaban. Nunca hablaban mucho allá arriba. Ese era su pacto sin palabras: mientras ella miraba el cielo, Emma la dejaba en paz.
    
    Hasta que rompió el silencio con una voz baja, casi casual:
    
    —Mami… —dijo, sin mirarla—, hay unos ojos ahí dentro.
    
    Maribel giró apenas la cabeza.
    
    —¿Dónde?
    
    Emma señaló con el mentón hacia la rejilla metálica del ducto, pegada a la pared baja de la terraza. Una abertura rectangular, oxidada en las esquinas, por donde pasaba el aire del sistema viejo de ventilación.
    
    —¿Qué viste?
    
    —Dos ojos. No sé… Me estaban mirando.
    
    Maribel se acercó con el ceño fruncido. Se agachó, se inclinó un poco, y miró dentro. Oscuridad profunda. Un leve olor a polvo, a metal viejo. El zumbido del aire apenas se oía.
    
    —No hay nada, Emma.
    
    La niña no dijo nada más. Pero tampoco se movió. Solo se quedó allí, quieta, mirando el ducto como si esperara que algo —o alguien— volviera a parpadear en la sombra.
    
    Maribel sintió un escalofrío que no venía del viento.
    
    No ...
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