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Cogidita de la Mano
Fecha: 19/09/2026, Categorías: Hetero Voyerismo Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... era suficiente para intentar algo. Ni la sospecha, ni el miedo. Lo que Emma había dicho aquella noche sobre los ojos en el ducto se quedó flotando, como tantas otras cosas que Maribel decidía no enfrentar de inmediato. Dejó que los días y las noches pasaran. Casi todas las noches regresaban a la terraza. A veces en silencio, otras con murmullos apenas audibles. Emma se sentaba junto a su madre, apoyaba la cabeza en su pierna. Con el tiempo, la relación se volvió más física, más tranquila, más de tacto que de palabras: si Maribel se quedaba dormida sentada, Emma se acomodaba contra su pecho desnudo, como si el mundo allá abajo —esa ciudad rota, sofocante— no tuviera nada que ver con ellas. Pero la noche clave fue cuando Maribel bajó temprano a recepción, buscando unas llaves, y se cruzó con la señora Delia, la encargada del aseo del piso tres. Tenía el rostro pálido, y el hijo pequeño —un niño flaco y tímido que a veces correteaba por los pasillos— la seguía de cerca. —No me lo vas a creer —dijo Delia, sin que Maribel preguntara nada—. Ayer, el niño se me puso a llorar porque dice que vio unos ojos en el baño de servicio. Detrás de la rejilla de ventilación. Maribel se quedó quieta. —¿Ojos? —Sí. Como si alguien lo mirara desde adentro. No sabía por qué, pero Maribel no respondió. Solo murmuró algo como “ya veo” y siguió su camino, con la espalda tensa. Había querido pensar que Emma había imaginado todo. Que era cosa de niños. Que quizás fue una ...
... sombra. Pero no. Ahora eran dos. Dos niños. Dos ductos. Dos pares de ojos. Esa noche, Emma no quiso subir a la terraza. Se acurrucó en la cama, más callada de lo habitual, y cuando Maribel se inclinó a besarla, la niña solo susurró: —No vayas tú tampoco. Maribel no respondió. Se quedó un momento en la penumbra, observando la silueta del cuerpo pequeño bajo la sábana. Luego salió, cerrando la puerta con cuidado. El pasillo del piso doce parecía más largo que nunca. La luz amarilla de los sensores parpadeaba con un zumbido eléctrico. Cuando entró a la terraza, se miró de reojo en el espejo metálico de la puerta. El uniforme le sentaba apretado en la cintura. No llevaba sostén. Más tarde, cuando tuviera su tiempo de libertad le resultaría más sencillo deshacerse de su camisa en la terraza. Y entonces, Diego. Ya estaba allí. Desde antes. Técnico de mantenimiento. Silencioso. Meticuloso. Llevaba años en el hotel, lo suficiente como para saber qué cables mentían, qué cámaras no grababan, qué puertas no cerraban del todo aunque hicieran el clic. Cuando Maribel empezó a trabajar, él ya recorría los pasillos con paso lento y manos en los bolsillos, saludando sin mirar, atento a todo. Especialmente a ella. Desde el principio, supo que la observaba. No con descaro, sino con una paciencia enfermiza. Como quien espera que algo suceda. Y si alguna vez cruzaron palabras, fueron pocas. Técnicas. Frías. Pero cuando coincidían en la terraza —bajo las estrellas, en ese ...