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Intercambio entre hermanas - completo (cap. 01)
Fecha: 24/09/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Abel Santos, Fuente: TodoRelatos
... revelando por momentos. Y sus siguientes palabras casi me provocan un infarto. —Quiero que la seduzcas, que te la folles… Tragué saliva y no dije nada. Lo había temido desde que comenzó a hablar en cuanto llegamos a casa desde la estación del AVE y nos quedamos a solas: mi mujer se había vuelto loca. —Tienes que follártela, Fran… —repitió—. Pero no un polvo cualquiera. Ni tampoco un par o tres de folleteos. Nada de eso. Tienes que follártela bien, seducirla, hacer que se cuelgue de ti. Yo abría los ojos alucinado y seguía escuchando sin poder liberar mi cara de entre sus manos. —Y, cuando esté colgada, la dejarás tirada como a una puta. Le diremos la verdad, que todo era un juego, y nos reiremos de ella en su cara. Le daremos la lección de su vida. Veamos, pensaba, no es que no me gustara la idea. Ana, mi cuñada, a sus veinticuatro años era un bombón de libro. Algo más alta que MARTA: alrededor del 1,70; melena rubia natural; ojos de un azul oscuro que brillaban cuando estaba excitada o, simplemente, feliz; un tipo a la altura de una modelo de pasarela y, en fin, unas piernas largas y torneadas. Sin embargo, lo que más provocaba en ella era su boca, con unos labios carnosos y sonrosados que se abrían por completo cuando mostraba su sonrisa blanca y abierta. Una sonrisa que podía matar al hombre a quien se la dedicara. En realidad, las dos hermanas se habían parecido siempre bastante, aunque Marta tenía un pelo más oscuro y le gustaba ondulárselo, ...
... mientras que Ana lo llevaba liso la mayor parte del tiempo. Por otro lado, siendo once años más joven que mi mujer, la chica era más que apetecible para cualquier tío que no fuera ciego. Sin querer exagerar, puedo asegurar que hasta las piedras se levantaban cuando mi cuñada pasaba por su lado. Y, si digo que era apetecible para cualquiera, puedo afirmar que lo era también para mí. Aunque la conocía desde que era una niña y jamás me había permitido a mí mismo mirarla con otros ojos que no fueran los de un hermano. En su histerismo por el enfado, que a saber cómo y por qué se había producido, Marta decía que el plan estaba maduro. Pero yo veía dos impedimentos principales para creer que aquella locura —la palabra exacta era «gilipollez»— pudiera llevarse a buen término. La primera era que había que ser muy, pero que muy «macho», para llevarse a aquel bombón a la cama. Y yo, en mis picos altos de autoestima, ni soñaba con llegarle a la sombra de los taconazos que le gustaba vestir a Ana cuando se arreglaba para salir de marcha. La segunda, y más importante, que Ana tenía novio desde hacía algún tiempo. El novio era un tal Joan, y aunque solo lo había visto en fotos, se le veía grande como un oso y bastante mal encarado. El tipo daba miedo solo con pensar en tener que enfrentarse con él por un ataque de cuernos. Yo aún no había mencionado ni el primero de los puntos a Marta, y ella ya parecía tener las respuestas preparadas. Y a medida que hablaba, comprendía con terror ...