1. Hospital comarcal (8)


    Fecha: 25/09/2026, Categorías: Hetero Autor: Ricardo Lomas, Fuente: TodoRelatos

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    Después de ver a Clara con ese otro tipo —un hombre mayor, de unos cuarenta años, pero de los que saben llevarlos con estilo: barba perfectamente recortada, camisa azul celeste remangada, mocasines sin calcetines, un look “cayetano” de catálogo que rezuma elitismo y seguridad en sí mismo—, me aislé en mí mismo.
    
    Era como si alguien me hubiese dado un portazo en el pecho y ahora fuese incapaz de volver a abrir esa puerta. Como si toda mi vida en Cartagena no tuviese ni un mínimo de sentido, ¿qué coño hacía yo aquí? Porque, de pronto, nada de lo que había hecho con Clara tenía sentido. Ninguno. Me sentía estúpido. Jodidamente estúpido. Y no porque no supiese que una relación con ella era, directamente, una utopía; sino porque me sentía parte de algo que siempre había detestado: una infidelidad. Yo era “el otro”, su punto de fuga de una rutina que se notaba que tenía asentada con su pareja. Eso me repateaba, me daba hasta náuseas.
    
    Ni siquiera Virginia, en sus últimos días en mi piso, logró sacarme del estado depresivo en el que estaba inmerso. Y mira que lo intentó. El primer intento fue esa misma noche. Me dejó solo en el salón unos minutos y reapareció con una bandeja improvisada: una bolsa de patatas, una lata de cerveza y un paquete de chicles.
    
    —Julio, sé que no te esperabas esto. Pero justo tú no te mereces estar mal.
    
    —Lo sé.
    
    —Pues deja de torturarte a ti mismo y enséñame esa sonrisa preciosa que tienes.
    
    Una leve mueca de sonrisa salió ...
    ... instintivamente de mi cara y Virginia aprovecho para estirármela con sus manos.
    
    —¿Ves?, así estás mucho más guapo.
    
    Nuestras miradas quedaron a escasos centímetros hasta que agaché la mirada y empezaron a brotar lágrimas por mi cara. Virginia me abrazó.
    
    —Pronto lo verás todo de otra manera, ya verás —me decía mientras me daba palmaditas en la espalda— de estas situaciones siempre se sale reforzado.
    
    Entonces puso una película al azar de HBO, una comedia americana a la que ni siquiera presté atención. Yo estaba, pero no estaba; como si mi cuerpo y mi alma hubiesen decidido divorciarse. Ni la risa forzada de ella, ni sus codazos, ni siquiera su “Julio, no me jodas, estás actuando como si se hubiera muerto tu perra” lograron arrancarme más que un leve gesto. Al final nos fuimos a la cama y me quedé desmayado sobre el colchón. Tantas emociones me había dejado exhausto.
    
    El segundo intento fue dos días después. Entró en la cocina mientras yo lavaba un tazón con una parsimonia deprimente.
    
    —¿Sabes que hoy es mi última noche? —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.
    
    —Claro.
    
    —Pues habrá que celebrarlo, ¿no?
    
    —No me apetece nada, Vir —murmuré, sin dejar de frotar el borde del cuenco, como si eso me excusara del mundo.
    
    Ella se acercó sin decir nada más y me quitó el tazón de la mano con un gesto firme. Lo dejó en la encimera con algo más de fuerza de la necesaria.
    
    —Ni a mí fregar tazas de mierda. Anda, ponte guapo.
    
    Lancé un suspiro largo y profundo. No tenía fuerzas ...
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