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Hospital comarcal (8)
Fecha: 25/09/2026, Categorías: Hetero Autor: Ricardo Lomas, Fuente: TodoRelatos
... deseo que solo aparece cuando se mezclan los celos con la adrenalina. Y entonces hizo un gesto discreto con la cabeza, hacia una de las esquinas de la pista. —Esa de ahí —dijo, casi como quien lanza un farol, pero con voz segura. Miré discretamente y la vi. Una chica pequeñita, piernas cruzadas sobre una banqueta alta, con el cuerpo relajado pero atento. Morena de piel, con el pelo suelto cayéndole por los hombros. Llevaba un top de tirantes claro y unos vaqueros que le quedaban como pintados. Se estaba riendo de algo que le contaba una amiga justo a su lado, pero tenía una sonrisa que era capaz de atrapar la mirada de cualquier persona. Elegante. Natural. El tipo de belleza que no necesita justificación. Me gustó. Mucho. Me giré hacia Julio y asientí. —Interesante elección, Julito —respondí, sin apartar los ojos de la chica. —No eres la única con buen gusto. Estábamos en el punto exacto en el que la temperatura sube y atraviesas el punto de no retorno. Cada uno con su presa a la vista. Cada uno con la adrenalina bombeando deseo y orgullo a partes iguales. Pero aún juntos, bailando, rozándonos, conscientes de que, aunque esta noche la pasemos provocando a otros… la guerra de verdad está aquí. Entre nosotros dos. 45 Vi cómo Virginia tomaba rumbo hacia la barra, directa, con el foco puesto en su presa: el tipo mazado, de camiseta negra ajustada y mandíbula apretada. Él la vio venir y no tardó en cuadrarse. Ella se acercaba con esa seguridad instintiva ...
... que siempre ha tenido, la de quien sabe que puede tener lo que quiera si se lo propone. El vestido negro se amoldaba a su figura con cada paso, como si hubiera sido cosido a su medida. La tela se le pegaba a los muslos y se despegaba justo cuando la cadera cambiaba de dirección. El tirante suelto le acariciaba el hombro desnudo y, por un instante, solo por uno, me olvidé de todo el juego. Solo pensaba en ella. En su espalda. En la forma en que se inclinaba sobre la barra para pedir una copa con esa sonrisa llena de seguridad en sí misma. Me acerqué a la barra contraria, pedí un roncola y, mientras espeaba, lanzé una mirada rápida hacia el grupo de chicas que vi antes. Allí estaba ella: la del top claro, sentada en uno de los taburetes altos, con las piernas cruzadas y la copa entre los dedos. Hablaba con sus amigas, todas en formación cerrada, como si estuvieran en una pequeña burbuja ajena al ruido de la discoteca. No estaban bailando. Aún no. Se notaba que habían salido más a ponerse al día que a romper cuellos. Pero ahí es donde tengo ventaja. Porque si no puedo entrar por el ritmo, entro por las palabras. Y entonces vi una horquilla, pequeña, metálica, cayendo de la melena de una de ellas al suelo. Era mi oportunidad. Me acerqué agachándome rápido, antes de que nadie la pisase, y la recogí. —Perdona —dije, tocando suavemente el brazo de la chica—. Se te ha caído. Ella se giró sorprendida, se apartó un poco el pelo del rostro y me miró con curiosidad. Ojos ...