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¡A mi edad! ¡Quién me lo iba a decir...!
Fecha: 03/10/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: AlbertoXL, Fuente: TodoRelatos
... cuerpo deseaba su cuerpo aunque ello estuviese mal visto y la sensatez dictase lo contrario. Después me avergoncé de haber permitido que sucediese lo que sucedió, y solo hasta que me entregué por completo a él, luego tampoco. De forma gradual, Alberto me fue incitando a cometer desde actos inauditos y lascivos, hasta puras perversiones. Pero la vergüenza fue reemplazada por una lujuria incontrolable por ese chico de solo diecinueve años hasta el punto que obsesioné con él y cedí a casi todo. Más tarde me encapricharía de otros hombres, si bien no tan jóvenes e impulsivos. Para mi sorpresa, descubrí que en ese breve lapso de tiempo el chico había adquirido cierta experiencia sexual y no pocos vicios, pues en la intimidad no era tan educado como solía ser en el trabajo, sino ciertamente impetuoso. Pero me estoy adelantando, mejor empezaré por el principio. Era abril y martes por la tarde, ya que Alberto acababa de terminar de arreglar el jardín y llamó a la puerta para cobrar. — ¿Le importa que pase a beber agua? —preguntó. Aquel fue un día especialmente caluroso y húmedo, de modo que el chico apareció empapado en sudor después de toda la mañana trabajando. Estaba muy sucio, tenía las manos mugrientas y la cara manchadas de grasa, un roto en los pantalones y las botas llenas de barro. — No, adelante —respondí y me hice a un lado para dejarle entrar —pero quítate las botas, por favor. Alberto me siguió hasta la cocina y permaneció de pie mientras yo sacaba ...
... una botella de agua del refrigerador. Sin embargo, cuando me giré él se había acercado tanto que lo tenía justo delante, lo cual me sobresaltó. Sonrió y tomó el agua sin dejar de mirarme a los ojos. Luego sació su sed, pero después levantó la mano y puso el dorso de sus dedos en mi mejilla. — Eres muy guapa —dijo al tiempo que me acariciaba. Nunca antes me había tuteado y sé que me veo bien para mi edad, me esmero en ello aunque decidiera dejar de teñirme las canas pasados los cincuenta. Habitualmente me arreglo con elegancia cuando voy a salir, pero en ese momento no iba maquillada ni nada. Llevaba unos leggings rosas de cintura alta y la chaqueta del pijama. No pensaba ir a ningún sitio, así que estaba vestida para estar en casa y, por supuesto, llevaba sujetador. Me sonrojé y retrocedí hasta que mi espalda quedó pegada a la nevera, pero Alberto avanzó y se pegó a mí. Volvió a levantar la mano, pero esta vez me colocó un mechón plateado detrás de la oreja, y he de admitir que me estremecí. — ¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté elevando el tono. El muy sinvergüenza esbozó a sabiendas una sonrisa embaucadora. — Creo que es obvio, Leticia —dijo, paladeando mi nombre. Me horroricé cuando, dejando la botella en la encimera, el joven puso la mano sobre el refrigerador dejándome atrapada, y se inclinó para besarme. Giré la cabeza de manera instintiva. — ¡Detente! No me sentí asustada, sino ofendida. Nada indicaba que el chico fuera a hacerme daño ...