1. La alquilo de día y la cojo para mí en las noches


    Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    ... sufría, no lloraba, se entregaba aún más, como una flor que no le teme al fuego.
    
    Nadie decía nada.
    
    Nadie lo detenía, ni lo juzgaba. Ni siquiera los otros tres hombres que compartían la escena parecían contrariados. Solo miraban, respiraban hondo y esperaban su turno con una especie de reverencia que desarmaba cualquier sombra de vulgaridad.
    
    Y yo… yo no sabía qué hacer.
    
    Las palmas de mis manos sudaban. Sentía la garganta seca, como si hubiera tragado tierra. No por lo que veía, sino por lo que no entendía. ¿Dónde estaba la línea? ¿Dónde el límite? ¿Qué papel me correspondía a mí, que no era un cliente, ni un guardián, ni un dios?
    
    Y aun así, me puse de pie, no supe por qué ni para qué, di un paso.
    
    Solo uno.
    
    Fue como romper un hechizo. El sonido de mis zapatos sobre la madera me devolvió al cuerpo. Alcé la vista y, por un instante fugaz, la niña bañada en miel —aún penetrada y con la boca ocupada por una verga que antes no había podido ver por mi posición, totalmente entregada— me miró.
    
    Y en su mirada, no había sorpresa. Ni juicio. Solo un leve gesto de reconocimiento. Como si ya supiera que yo terminaría allí, de pie entre las sombras, temblando entre el asombro y la pregunta.
    
    Otro paso. Esta vez más seguro.
    
    Y entonces escuché una voz detrás de mí.
    
    —¿Primera vez?
    
    Me giré con el sobresalto del que teme haber cruzado una línea invisible, como un ladrón que se descubre en medio de la sala, bajo la luz directa.
    
    Era un hombre. Totalmente ...
    ... desnudo.
    
    No hacía el menor intento por cubrirse. Caminaba con naturalidad, como si su piel fuera su traje más cómodo. Llevaba un vaso corto en una mano, ámbar profundo que deduje —sin certeza, pero sin dudas— era whisky.
    
    Sus ojos eran de un gris raro, como ceniza recién apagada. Su cabello, recogido en una coleta baja, tenía hebras blancas y otras aún negras, como si no hubiera decidido del todo envejecer. Sus pasos eran lentos, medidos, como si nada en el mundo pudiera hacerlo tropezar.
    
    —Soy Gregor —dijo, sin dejar de caminar, como quien menciona el clima.
    
    —Gustavo —respondí, por reflejo, aunque sentí la voz salir débil, casi temblorosa.
    
    Gregor sonrió, apenas. No había burla en su gesto. Solo algo parecido a la paciencia.
    
    Me miraba con una calma inquietante. No la calma de quien no tiene prisa, sino la de quien ya ha estado en todos los lugares y sabe que no hay razón para correr. Lo hacía mientras se llevaba el vaso a los labios y bebía con lentitud, saboreando cada gota como si pudiera contarle una historia distinta.
    
    Y fue entonces cuando lo sentí.
    
    Un manojo de nervios, apretado justo bajo el estómago. Como un nudo tibio que se deshacía en forma de miedo. Un miedo que no venía de él, ni del lugar. Venía de mí. De la idea súbita, punzante, de que aquello estaba prohibido. Que yo no debía hablarle. Que él era un cliente, uno de los que pagaban por estar allí, y yo… yo no era más que un engranaje menor, un peón curioso en medio de una maquinaria que no ...
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