1. La alquilo de día y la cojo para mí en las noches


    Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    ... hablaba con una gentileza inesperada, sin arrogancia ni superioridad. Como si mi presencia, por más fuera de lugar que me sintiera, no le resultara molesta.
    
    —¿Te sientes cómodo aquí, Gustavo? —preguntó, y por un momento creí que era una prueba, una trampa incluso, pero su tono era genuino, como el de quien ofrece una manta a quien ha llegado empapado.
    
    Asentí con una leve sonrisa que no me salía del todo natural. No quería parecer un intruso, pero tampoco podía fingir que entendía completamente lo que estaba viendo. Él lo notó. Lo notaba todo.
    
    —¿Estarías dispuesto a aceptar una invitación? —dijo entonces, sin mirarme, como quien ofrece algo sin comprometerse aún del todo.
    
    No sabía a qué se refería. No pregunté. No hice nada más que asentir de nuevo, con algo parecido al miedo recorriéndome la espalda, pero también con esa fiebre de curiosidad que me había llevado hasta allí en primer lugar.
    
    Acepté.
    
    Lo hice sin dudar, como si pudiera protegerme tras la máscara de la obediencia. Como si decir que sí me mantuviera a salvo, como si negarme pudiera romper la ilusión que Gregor tejía con cada palabra.
    
    Y él sonrió. No con triunfo, ni con satisfacción. Era más bien la sonrisa de alguien que confirma una sospecha, que reconoce una decisión ya tomada antes de ser pronunciada.
    
    —Perfecto —dijo, y alzó el vaso a medio llenar—. Entonces, acompáñame. Puede que veas algo distinto.
    
    Gregor se alejaba sin apuro, con esa misma cadencia suya, pesada y elegante. Cuando ...
    ... volteó la cabeza y sus ojos se encontraron con los míos, no dijo una sola palabra, pero lo entendí con la claridad de una orden. Debía seguirlo.
    
    Atravesamos pasillos alfombrados, cruzamos una galería en penumbra donde las voces del salón apenas eran un murmullo lejano. No pasó mucho tiempo antes de que llegáramos a una puerta, una más dentro del complejo, pero al cruzarla supe que no estábamos en una habitación cualquiera.
    
    Era una suite. Y llamarla así no le hacía justicia. Era más grande que el apartamento en el que vivía con mis padres, más elegante que cualquier cosa que hubiera pisado hasta entonces. Las paredes revestidas en madera oscura, cortinas gruesas que caían como olas pesadas, un olor tenue a incienso y cuero.
    
    Y en el centro, o tal vez más al fondo —no recuerdo bien cómo llegué allí—, dos cuerpos desnudos me miraban con la confianza de quien ha sido preparado para recibir, uno era el de una mujer de alrededor de 25 años, tal vez menos, delgada, muy hermosa, su cabello negro liso le caía por su piel desnuda. A su lado, una pequeña niña, demasiado pequeña para poder articular palabras.
    
    —Te presento a Delcy —dijo Gregor—. Y a María Camila, su hija.
    
    Ellas no hablaron. La mujer sonrió, eso sí. Delcy tenía la piel color miel tostada, y María Camila era un poco más blanca que ella. Eran hermosas, y juntas formaban una promesa imposible de ignorar.
    
    Yo miré a Gregor buscando alguna señal, una instrucción, cualquier cosa que me diera piso firme. Pero él ...
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