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La alquilo de día y la cojo para mí en las noches
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... otros… vuelven, pero ya no son los mismos. Se sentó frente a mí, y por un momento pareció más vieja que nunca. —Te dije que no miraras—dijo—. Porque aquí, más que en ningún otro sitio, mirar es dar poder. Y tú… tú estás empezando a ver. Ten cuidado con lo que haces con eso. La vela parpadeó. Afuera, los árboles parecían inclinarse un poco más cerca de la cabaña. Esa noche no dormí. No por miedo. Sino porque sentí que, al cerrar los ojos, algo podía cambiar para siempre. Al día siguiente, Manish me encontró cerca del comedor, justo cuando llevaba un paquete de cremalleras que Margaret me había encargado. Lo vi distinto. No sabría decir con precisión qué había cambiado, pero lo sentí. En los ojos, sobre todo. Tenía la misma sonrisa fácil de siempre, pero detrás de ella había algo nuevo. Algo tenso. Brillante como un cuchillo recién afilado. Me recordó, por un momento fugaz, al jardinero del día anterior, ese que habló como quien lame sangre de sus propios dientes. —Tenemos que hablar —me dijo, como si fuera un secreto urgente—. Pero no ahora. Tengo trabajo. Te espero esta noche. Hay una cabaña más allá del bosque. ¿La conoces? Negué con la cabeza. El bosque era una frontera tácita para muchos de nosotros. Más allá, simplemente no se iba. —No está lejos —añadió, casi con una sonrisa cómplice—. Solo sigue el sendero viejo, el que pasa junto al cobertizo de herramientas. A esa hora ya habrá gente. Luego se marchó, como si lo dicho no hubiera sido ...
... importante, y yo volví a la cabaña de Margaret, donde la tarde se desgastó entre agujas, telas y un silencio que de pronto se volvió más denso. Ella no preguntó nada. Pero cuando me levanté para irme, más tarde de lo usual, se limitó a decir: —Si caminas hacia un lugar donde no sabes quién te espera, lleva los ojos abiertos. Los verdaderos. Y luego volvió a su costura, como si mis pasos ya no fueran suyos. El sendero estaba casi oculto por la maleza, pero lo encontré. El bosque no era hostil, pero tampoco era acogedor. Caminé entre troncos altos, ramas que parecían moverse aunque el aire estuviera quieto, y el crujido de mis propios pasos se convirtió en una especie de oración sin palabras. La cabaña apareció de pronto, como si siempre hubiera estado ahí, esperando. No era secreta. No, todo lo contrario. Era lo más público que había visto desde que llegamos: iluminada con faroles colgados de los árboles, rodeada de mesas bajas, bancos toscos y risas. Trabajadores como yo estaban por todas partes, algunos sentados en el piso de madera, otros recostados, todos con una cerveza en la mano. No había música, pero había ritmo. Ese ritmo que nace del cansancio compartido y del olvido momentáneo. Manish estaba allí, junto a su grupo de mantenimiento. Me saludó con el entusiasmo de quien quiere compartir algo grande, y me presentó uno por uno. Nombres que olvidé casi de inmediato, porque sus ojos no coincidían con sus bocas. Todos querían saber de mí. De dónde venía, qué ...