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La alquilo de día y la cojo para mí en las noches
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... hacía con Margaret, cuánto tiempo pensaba quedarme. No eran preguntas incómodas, pero tenían filo. Como si no les interesara quién era, sino qué tan útil podía llegar a ser. Tomamos varias cervezas. Al principio me pareció agradable. Manish reía como siempre, uno de los chicos hacía malabares con tapas, otro contaba historias que nadie corregía. Pero mientras las horas pasaban, noté el peso de sus miradas. No eran malintencionadas, pero sí calculadoras. Evaluaban. Medían. Había una chica con nosotros. Morena, delgada, con un lunar sobre la clavícula que parecía pintado con carbón. Era, según creí en ese momento, pareja de uno de ellos, aunque él no decía mucho. Con el paso de las horas, ella se fue acercando. Primero con bromas. Luego con roces fugaces. Y al final, con una claridad que no dejaba espacio a malentendidos. Me hablaba bajito, con una risa que se escurría por debajo de las palabras, como si supiera algo que yo aún no sabía. La noche tenía ese peso de las cosas que no se nombran, pero que ya están ocurriendo. Algo se estaba moviendo, algo me estaba envolviendo. Y aunque el calor de la cerveza y las risas eran reales, también lo era la sensación de estar en el centro de una red que no veía por completo. Ella me llevó a su cabaña como si fuera lo más natural del mundo. Como si hubiéramos sido viejos amigos que buscan un rincón para terminar la noche, un lugar donde reírse de todo sin testigos. Pero en verdad era la primera vez que nos veíamos. Y sin ...
... embargo, sus pasos eran seguros. Como si ya supiera cada uno de los míos. El camino hasta allá fue corto, aunque no podría repetirlo ahora. La oscuridad del bosque parecía hacerse a un lado por donde pasábamos, y el viento apenas nos rozaba. Yo caminaba detrás de ella. No por desconfianza, sino porque había algo en su espalda que hablaba más que su voz. Una tensión exacta. Como una cuerda de laúd bien afinada, esperando ser pulsada. Me hizo seguirla dentro. Su cabaña era pequeña, más desordenada que la de Margaret, pero también más viva. Ropa colgada en los respaldos de las sillas, una lámpara con la pantalla torcida, una manta a medio doblar. Todo parecía usado, tocado, elegido. Me ofreció sentarme en un colchón del suelo, entre cojines desparejados. Luego, sin ceremonia, sacó una botella. Era de plástico, una de esas comunes para el agua. Pero lo que había dentro no era agua. Me la mostró con una sonrisa pícara, casi infantil. —Regla número uno: nunca te fíes de lo que parece limpio —dijo, y bebió un trago largo antes de ofrecérmela. El líquido era oscuro, algo espeso, con un olor fuerte a fruta fermentada y madera vieja. Ardía al pasar, pero dejaba una calidez que se extendía lento, como el abrazo de una manta húmeda. Ella se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas y los ojos fijos. No hablaba demasiado. No necesitaba hacerlo. Se acercaba con el cuerpo, con las manos, con una mirada que no pedía permiso. No era dulzura lo que había en ella, era lujuria. ...