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La alquilo de día y la cojo para mí en las noches
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... borde. —Yo fui elegida. Hace tres años. Me reclutaron. Las palabras cayeron entre nosotros como piedra en un pozo sin fondo. No hacían ruido al chocar, pero seguían cayendo. Sin fin. —¿Por quién? —pregunté, sin levantar la voz. —Eso no te lo puedo decir —dijo con tristeza, no con evasión—. Porque aún no lo sabes. Y nadie puede saberlo por ti. Me senté, más alerta. No por miedo. Por una lucidez distinta. Como si cada palabra fuera una pieza de un rompecabezas que llevaba años oculto bajo la alfombra. —¿Y qué quieren? —susurré. Ella me miró largo rato. Luego, sin quitarme los ojos de encima, se puso de pie y caminó hasta el cuaderno. Lo abrió, pasó unas páginas con dedos ligeros, y lo cerró de nuevo. —Quieren saber quién puede pagar por esto—me dijo sin rodeos señalándome su cuerpo desnudo—. Más allá de las reglas. Quién obedece por miedo. Quién miente bien. Quién resiste sin comprender. Este lugar… no es un filtro. Es un mapa. Y tú, esta noche, acabas de pisar uno de sus caminos. —¿Y tú? —le pregunté—. ¿Te pagan por tener sexo? Su expresión cambió, volviéndose casi dolorosa. —Porque una vez alguien me eligió. Y desde entonces… soy otra cosa. No pregunté más. No porque no quisiera saber, sino porque entendí que lo que venía ya no podía explicarse con respuestas. Solo con decisiones. Me vestí en silencio. Ella no me detuvo. Solo me acompañó con los ojos hasta la puerta. Antes de que la mano tocara la aldaba, su voz me llamó con ...
... suavidad: —Espera. Me giré. Inevitablemente mis ojos miraron sus pequeños pechos, iluminados por la lámpara, como una silueta a medio dibujar. —No te he dicho mi nombre —dijo, casi con vergüenza. Negué con una sonrisa breve. —Tampoco yo. Hubo un momento de pausa. Como si los nombres fueran más pesados que el cuerpo, como si darlos fuera un riesgo que sólo se corre cuando ya no hay vuelta atrás. —Victoria —dijo ella. —Gustavo —dije yo. Y en el espacio entre esos dos nombres, ocurrió algo. No mágico, ni místico. Algo sencillo y brutal: dejamos de ser extraños. Ella asintió. Y con la misma voz de antes, casi apagada, susurró: —Si Margaret te hace una pregunta mañana, cualquier pregunta, respóndele con la verdad. Toda la verdad. Será tu forma de elegir. La mañana siguiente llegó con una lentitud artificial, como si el bosque hubiera decidido retener la noche un poco más, o como si supiera que yo aún no estaba listo para el día. Regresé a mi cabaña antes del amanecer. Me quité la ropa impregnada de humo, sudor y tierra, y me eché en la cama sin cerrar los ojos. Dormí poco, o nada. Solo cerré los párpados y dejé que las palabras de Victoria me giraran por dentro como cuchillas oxidadas: «Será tu forma de elegir.» Margaret me esperaba, como siempre. Su cabaña olía a hilo encerado, a tela húmeda y a ese perfume tenue que usaba en las mañanas y desaparecía con el paso de las horas. Estaba sentada frente a su máquina de coser, los lentes en la punta de ...