-
La alquilo de día y la cojo para mí en las noches
Fecha: 05/10/2026, Categorías: Incesto Sexo en Grupo Sexo con Maduras Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... la nariz, y los dedos trabajando con una precisión envidiable. —Llegas tarde —dijo sin mirarme. No sonaba molesta. Sonaba… pendiente. Como si no hablara del reloj. Me disculpé con un murmullo, tomé la cesta de los encargos y esperé instrucciones. Me las dio sin levantar la vista. Tres nombres, dos paquetes, una receta para la señora del almacén. Todo igual, todo como siempre. Salí sin más. Pero cuando regresé, una hora después, ella ya no cosía. Me esperaba sentada en la silla más vieja, junto a la ventana abierta. Sus lentes estaban guardados, y tenía una taza de té entre las manos. No bebía. —¿Dormiste bien anoche? —preguntó de pronto. Me quedé quieto. Era una pregunta simple. Pero la voz de Victoria me latía detrás de los oídos: «Cualquier pregunta. Toda la verdad.» Y entonces comprendí: no era una trampa. Era una puerta. —No —respondí—. No dormí. Margaret asintió con lentitud. No dijo nada al principio. Tomó un sorbo de té, sin mirarme, y dejó la taza en la mesa. Luego, alzó la cabeza. —¿Estuviste en la cabaña del bosque? Mi garganta se cerró por un segundo. Y cuando hablé, mi voz salió firme, más de lo que esperaba. —Sí. Otro silencio. Esta vez más denso. —¿Con quién? —Con una mujer. Se llama Victoria. Margaret cerró los ojos, y asintió una vez, como quien confirma un presentimiento. —Te eligió. No fue una pregunta. —¿Para qué? —pregunté. —Para algo que aún no entiendes. Pero lo harás. Todos los que han ...
... pasado por aquí, si prestan atención, lo hacen tarde o temprano. Se puso de pie y caminó hasta una caja de madera que nunca antes había abierto frente a mí. De ella sacó un pequeño cuaderno de cuero gastado. Me lo entregó sin decir nada. Lo tomé con las manos frías. —No lo leas ahora. Llévalo contigo. Cuando sientas que no puedes confiar en nadie, ni siquiera en ti, abre la página marcada. La miré, esperando más. Un nombre. Una advertencia. Un mapa. Pero ella solo me miró con una tristeza que no le conocía. —No todos sobreviven al momento en que empiezan a entender —dijo. Luego volvió a sentarse frente a la máquina. Encendió la lámpara, se puso los lentes y, sin mirarme, volvió al trabajo. —Anda. Hoy tenemos mucho que hacer. Salí con el cuaderno en el bolsillo, y un peso nuevo en el pecho. Había respondido con la verdad. Había elegido. Pasó una semana sin que ocurriera nada extraordinario. Margaret volvía a asignarme recados, a veces me miraba con esa media sonrisa suya que parecía compasión y juicio al mismo tiempo, y yo cumplía como si no hubiese cambiado nada. Manish reaparecía y desaparecía con su grupo, más animado que nunca, pero evasivo. Victoria… no volví a verla. Y sin embargo, cada noche sentía el cuaderno como un pulso extraño en el bolsillo de mi abrigo. Como si llevarlo me pesara más que el silencio que lo envolvía. No lo abrí durante siete días. Tal vez fue miedo, o la ilusión de volver a una vida sencilla. Tal vez me había ...