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Yo creía que odiaba Tinder (II)
Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
Lorena contestó con un escueto “jaja, vale”, y aquella frase, tan simple y tan cómplice, terminó de romper las últimas barreras que yo seguía queriendo mantener. No estaba segura de hasta qué punto aquello seguía siendo un juego, o ya era mucho más que eso. Pero a esas alturas, poco me importaba. Volví a acomodarme sobre el sofá, sintiendo cómo el calor subía por mis mejillas y por todo mi cuerpo. Con un gesto casi teatral, dejé caer los vaqueros al suelo. El elástico de mis braguitas seguía a la vista, el pequeño elefante asomando coqueto, y mis dedos temblaban al volver a coger el móvil para escribirle: —Señorita Lorena, ya me he quedado en bragas. ¿Usted qué piensa hacer al respecto? Tardó apenas unos segundos en responder. —Pensaba pedirle que me describiera cómo se ve usted ahora mismo, para morirme un poco de envidia. Sonreí. Me encantaba su manera de mantener la tensión, divertida pero con una intención cada vez más clara. Me incliné un poco hacia adelante, acomodando la camiseta para que cayera sobre un hombro, dejando ver el encaje negro del tirante del sujetador. Hice una foto rápida: nada explícito, pero la piel desnuda y el gesto travieso decían mucho más. Se la envié con un simple: —¿Así? Esta vez su respuesta se demoró algo más. Imaginé sus ojos fijos en la pantalla, su respiración acelerada al igual que la mía. Hasta que por fin llegó: —Madre mía, Lucía. No juegues así conmigo. Ya no sé si quiero verte solo en fotos. Sentí un ...
... escalofrío delicioso. La intensidad de esas palabras retumbó en mi interior. Me mordí el labio y tecleé, sin atreverme del todo a pensar en las consecuencias: —¿Y qué harías si me tuvieras delante? Los puntitos de que estaba escribiendo aparecieron casi de inmediato. Y cuando su mensaje llegó, no pude evitar estremecerme. —Te besaría despacio, empezando por ese hombro descubierto. Y no pararía hasta hacerte perder el sentido. Un gemido inaudible se me escapó. Las manos, ya sin demasiada voluntad, recorrieron mi propia piel, sintiendo mis pechos erguidos bajo la camiseta, la humedad creciente entre mis piernas. Le contesté: —Me temo que ya estoy a medio camino de perderlo. No hubo palabras esta vez, sino una foto suya. Nada más que su clavícula, su cuello y una mano en la que intuía un tirante caído. “A juego”, escribió simplemente. El calor se desató. Me tumbé del todo en el sofá, sin apartar los ojos de la pantalla, la respiración convertida en jadeos. Sentía sus manos aunque no estuvieran ahí, su boca sobre mi piel, sus dedos jugando donde los míos no podían dar abasto. Con los dedos temblorosos, escribí apenas unas palabras más antes de dejar que mi cuerpo tomara el control: —Sigue, Lorena. No pares… Y mientras ella contestaba, mientras me describía en palabras lo que me haría si estuviera aquí, mi cuerpo encontró el final de aquella tarde de domingo. Entre gemidos ahogados y un temblor que me recorrió de pies a cabeza, supe que ya no había marcha ...