1. Yo creía que odiaba Tinder (II)


    Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos

    ... comer. Tomamos un café, una cerveza, cenamos si apetece… Sin complicaciones. Si la cosa no fluyera, me subo al coche de vuelta y ningún problema. ¿Qué me dices?
    
    Me quedé un momento mirando la pantalla, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza. Había en esas palabras una naturalidad que me desarmó por completo. Sin grandes promesas, sin presiones, sin expectativas más allá de compartir un rato y ver qué pasaba. Era tan fácil y tan difícil a la vez, para alguien como yo, que siempre había tenido que descifrar juegos, soportar chantajes emocionales, sobrevivir a relaciones tóxicas. Esa mujer, con su dulzura y su tranquilidad, me dejaba sin defensa posible.
    
    —Me dices que no, y lo entiendo perfectamente —añadió enseguida—. No quiero incomodarte.
    
    No pude evitar sonreír, con esa sensación cálida en el pecho que ella me producía. Tecleé despacio, con la sonrisa creciendo mientras lo hacía:
    
    —Claro que sí, Lorena. Me encantaría verte. Y nada de complicaciones.
    
    Las siguientes horas fueron un remolino de nervios, ilusión y preguntas sin respuesta. Pasé el sábado por la mañana entre tareas domésticas, intentando mantener la mente ocupada, pero cada pocos minutos me sorprendía pensando en cómo sería verla en persona, si su mirada me haría temblar como a través de la pantalla, si su risa seguiría siendo igual de contagiosa. Y, sobre todo, si podría mantener el tipo cuando me mirara con esos ojos en los que ya casi podía perderme.
    
    A las cuatro de la tarde, un mensaje ...
    ... suyo:
    
    —Voy en camino. Desea algo para merendar, además de a mí?
    
    Me eché a reír, aliviando de golpe la tensión acumulada, y le contesté con picardía:
    
    —Solo tú. Pero con mucha hambre.
    
    Ella respondió con un emoji de guiño y un “llego enseguida”, y yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro inmediato no me asustaba, sino que me llenaba de ganas.
    
    Era solo una tarde de sábado. Una cerveza, un café, una cena. Y la posibilidad —dulce, tranquila, sincera— de que, esta vez, la historia fuera distinta.
    
    El reloj parecía burlarse de mí, las horas del sábado pasaban lentas y rápidas a la vez, con los nervios instalados en la boca del estómago. Había pasado la mañana ordenando cajones que nunca ordenaba, pasando la mopa como quien espera encontrar respuestas en el suelo brillante. Y cuando llegó la hora de ducharme, supe que empezaba la parte más difícil: decidir qué ponerme.
    
    Me planté frente al armario con los brazos en jarras, mirándolo como si fuera un enemigo. No quería parecer excesiva, ni disfrazada de alguien que no era. Pero tampoco podía plantarme con las pintas de un sábado cualquiera. Quería que, cuando me mirara, supiera que me interesaba. Que me importaba. Que había pensado en ella desde la primera hora de la mañana.
    
    Los vaqueros ajustados parecían la elección natural, mi territorio seguro. Una blusa blanca, ligera, con el primer botón desabrochado para insinuar sin gritar. Y mis botines favoritos, cómodos pero con carácter. Me miré en el ...
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