1. Yo creía que odiaba Tinder (II)


    Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos

    ... atrás. Lorena no era ya solo un match en una aplicación. Era un deseo. Y era real.
    
    Cuando por fin me calmé, con el pecho subiendo y bajando despacio, tomé el móvil para leer lo último que me había enviado. Era sencillo, pero lo sentí como una promesa:
    
    —Podría pasarme por Sevilla… si me invitas a un café. Y a todo lo demás.
    
    Sonreí, con las mejillas aún encendidas, y contesté:
    
    —La invitación ya la tienes. Y el café… lo dejamos para después.
    
    Aquella tarde de domingo, por primera vez en mucho tiempo, me sentí viva. Y supe que aquello solo acababa de empezar.
    
    La semana comenzó con la resaca de esa tarde de domingo aún palpitando en mis recuerdos. El lunes, mientras el despertador sonaba demasiado temprano y el tráfico me recordaba que la rutina no perdona, me descubrí sonriendo al pensar en ella. Y no tardó en llegar su primer mensaje del día:
    
    —Buenos días, guapa. Hoy necesito que me mandes una sonrisa para sobrevivir a los pacientes.
    
    No pude evitar reír mientras le enviaba un selfie improvisado, con el café en una mano y el pelo recogido a la ligera. Ella respondió con un corazón y un “así sí que dan ganas de trabajar”.
    
    Las horas entre reuniones, llamadas y papeles parecían más ligeras cuando su nombre iluminaba la pantalla. Siempre encontraba un momento para hacerme reír con algún chiste ingenioso, o contarme lo último que había pasado en su clínica, desde el drama de una muela del juicio hasta el niño que le regaló un dibujo. Lorena tenía un humor ...
    ... brillante, dulce, y una capacidad admirable para cuidar de los suyos sin dejar de bromear. Cada mensaje suyo era un recordatorio de que estaba ahí, de que pensaba en mí.
    
    Por las noches, cuando la jornada aflojaba, nuestras conversaciones volvían a teñirse de esa picardía que se había colado entre nosotras. Una foto suya en pijama, con un pie asomando bajo la manta, acompañada de un “¿tú también te metes así en la cama?”. O un mensaje mío, casi susurrado al teclado, diciéndole “no sabes lo bien que me vendría que vinieras a darme las buenas noches”.
    
    Incluso entre la vorágine del día, no dejábamos que el deseo se apagara del todo. Un emoji travieso aquí, un “me acuerdo de tus piernas” allá, y siempre, siempre, su ternura latiendo en cada palabra. Descubrí que en Lorena convivían muchas mujeres a la vez: la trabajadora incansable, la amiga leal, la que se reía hasta de sí misma, y la amante que me hacía perder la respiración con solo unas letras.
    
    Esa semana voló. Cada amanecer llegaba con el deseo de leerla, cada noche con la certeza de que, aunque estuviera lejos, se había convertido en alguien muy cerca de mí. Y cuando el viernes por la tarde me escribió: “¿Sabes que me muero por verte este finde?”, supe que la respuesta solo podía ser una.
    
    El viernes por la noche, mientras me acurrucaba ya en la cama, sonó una nueva notificación suya. Esta vez, el tono era distinto, más sereno, más decidido.
    
    —He estado pensando… Mañana sábado podría coger el coche después de ...
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