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Yo creía que odiaba Tinder (II)
Fecha: 06/10/2026, Categorías: Lesbianas Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
... espejo, tanteando un par de collares, una chaqueta que podía quitarme cuando la temperatura subiera… y sonreí. Seguía siendo yo, pero con un brillo diferente en los ojos. El mensaje de Lorena —“Entrando en la ciudad ya”— me encontró ya con el bolso preparado y las llaves en la mano. De camino al lugar acordado, andando pues estaba cerca de mi casa, apenas pude escuchar nada en los auriculares del móvil. Cada semáforo era un suspiro, paso de peatones una pregunta: ¿y si en persona no me veía igual? ¿y si no sabía qué decir? ¿y si…? Llegué al café donde habíamos quedado y la vi. Su coche ya estaba allí. La puerta del conductor se abrió despacio, y entonces la vi bajarse. El pelo suelto, la sonrisa tranquila, los vaqueros y una chaqueta ligera sobre los hombros. Y, en ese instante, todas las dudas, todos los nervios, se disolvieron. Porque verla allí, en carne y hueso, me dejó sin aliento. Respiré hondo y me obligué a dar un par de pasos hacia ella. Tenía que decir algo, cualquier cosa, antes de que el silencio traicionara lo mucho que me temblaban las piernas. Cuando estuvo a apenas dos metros, sonreí y solté, en tono juguetón: —Perdona… estoy buscando a una chica con la que he quedado. Morena, ojos bonitos, sonrisa que desarma… ¿eres tú? Su carcajada estalló en el aire como un estallido de luz. Y en ese momento supe que todo iba a ir bien. Me alcanzó, me rodeó con su mirada cálida, y me respondió entre risas: —Pues juraría que sí… pero no recordaba que ...
... fueras tan descarada. Las dos reímos juntas y el hielo se rompió del todo. Caminamos hacia la terraza del café, como si ya hubiéramos hecho esto mil veces. Pedimos un café, y luego otro. Y hablamos. De su clínica y mis proyectos, de su familia y la mía, de nuestras ciudades, de cómo la sociedad todavía nos miraba a veces como si estuviéramos equivocadas por querer a otra mujer. De las etiquetas, de la falta de tolerancia, y también de las pequeñas victorias del día a día. La charla fluía natural, ligera y profunda a la vez, y cada vez que se reía yo me sorprendía pensando en lo fácil que era estar a su lado. La realidad es que ese café fue como entre dos buenas amigas que ya se conocen de toda la vida. Y mientras caía la tarde, entre confidencias, carcajadas y miradas cómplices, sentí que este encuentro estaba siendo incluso más bonito de lo que había imaginado. Mientras apurábamos el segundo café y la tarde caía sobre la terraza, Lorena ladeó la cabeza y me miró con esa media sonrisa suya que empezaba a reconocer como una declaración de intenciones. —Dime una cosa —dijo, con fingido tono serio—: ¿me he ganado al menos una tapita? Porque no quiero volver a casa con hambre. Solté una carcajada que hizo girar a la pareja de la mesa de al lado. Ella me devolvió otra, satisfecha de haber provocado mi risa. —Bueno… —respondí, con aire cómplice—, para ser la primera vez no se te ha dado nada mal. De hecho, creo que tengo por aquí cerca un sitio donde podemos tomarnos ...